viernes, 29 de abril de 2011

Textos del cuadernillo de Pascua 2011

En el cuadernillo se incluían la Carta de Comunión junto con los siguientes textos:

Homilía del Papa Benedicto XVI en la Misa del Domingo de Ramos y de la Pasión del Señor.

“… el corazón es ese centro del hombre en el que se unen el intelecto, la voluntad y el sentimiento, el cuerpo y el alma. Ese centro en el que el espíritu se hace cuerpo y el cuerpo se hace espíritu; en el que voluntad, sentimiento e intelecto se unen en el conocimiento de Dios y en el amor por Él. Este "corazón" debe ser elevado. Pero repito: nosotros solos somos demasiado débiles para elevar nuestro corazón hasta la altura de Dios. No somos capaces. Precisamente la soberbia de querer hacerlo solos nos derrumba y nos aleja de Dios. Dios mismo debe elevarnos, y esto es lo que Cristo comenzó en la cruz. Él ha descendido hasta la extrema bajeza de la existencia humana, para elevarnos hacia Él, hacia el Dios vivo. Se ha hecho humilde, dice hoy la segunda lectura. Solamente así nuestra soberbia podía ser superada: la humildad de Dios es la forma extrema de su amor, y este amor humilde atrae hacia lo alto”.

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Testamento espiritual del prior de los monjes asesinados en Argelia: Padre Christian de Chergé

“He aquí que, si Dios así lo quiere, podré sumergir mi mira­da en la del Padre, para con­templar con él a sus hijos del islam como él los ve, totalmen­te iluminados por la gloria de Cristo, frutos de su pasión, in-vestidos del don del Espíritu, cuyo gozo secreto siempre será establecer la comunión y resta­blecer la semejanza, jugando con las diferencias.

Por esta vida perdida, total­mente mía y totalmente de ellos, doy gracias a Dios que parece haberla querido toda en­tera para ese gozo, a través y a pesar de to­do.

En este gracias, en el que está todo dicho ya de mi vida, ciertamente os incluyo a vosotros, amigos de ayer y de hoy, y a vosotros, ami­gos de aquí, junto a mi madre y a mi padre, mis hermanas y mis hermanos, y a los su­yos ¡el céntuplo acor­dado, como se prome­tió!

Y a ti también, amigo del úl­timo instante, que no habrás sa­bido lo que hacías. Sí: también para ti quiero este gracias y este «a-Dios» por ti previsto. Y que se nos conceda reencontrarnos, ladrones felices, en el paraíso, si así lo quiere Dios, Padre nues­tro, tuyo y mío. Amén. Insh'allah”

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«¿Hay alguien que ame la vida y desee días de prosperidad?». Yo: yo lo quiero. Giancarlo Cesana

Cuando pensamos en la prosperidad, en la felicidad, pensamos en lo que deseamos, en lo que esperamos alcanzar. ¡Cuántas veces, sin embargo, no sucede lo que esperábamos! ¡Cuántas veces nos rebelamos y decidimos huir en nuestros sueños! Querer ser feliz significa para mí querer serlo ahora, con lo que soy y con lo que tengo, no vivir el tiempo como un intervalo indefinido que me separa de lo que espero. Puesto que la vida es una continua espera del propio cumplimiento definitivo y total, en esta vida necesito empezar a disfrutar de lo que vale y por ello no puedo demorar el hacer las cuentas con lo que tengo ahora. Hacer cuentas, mirar, amar, aceptar, desear a partir de lo que se nos da: esta es la vocación. Es la conciencia de que lo que ha sucedido en mi vida tiene una finalidad, una tarea buena para conmigo y los demás; lo cual sólo en un caso no se reduce a un discurso: cuando busco que esto me haga feliz ya desde ahora. Es experimentar que descubrir algo verdadero nos hace felices. La vocación es el verdadero tema de este Meeting; es la condición para ser felices, porque sin una tarea y sin una finalidad no se puede construir, no merecería la pena gastar energía y entregarse. Somos felices en la medida en que descubrimos que somos protagonistas insustituibles, “señores”, de alguna manera, de la realidad que vivimos. Y uno puede decir que posee algo sólo cuando lo acepta y lo acoge. Justo lo contrario de la mentalidad dominante, que considera la aceptación una forma de pasividad y no un acto de un hombre libre que aferra, desea y trata de enriquecer lo que ha recibido.

Hay que añadir que para aceptar es preciso asombrarse y no ser instintivos. Reconocer al otro, reconocer su misterio no generado por nosotros. Lo cual implica un sacrificio de uno mismo, del automatismo mediante el cual siempre tratamos de aprisionar lo que nos rodea.

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La esencia del cristianismo. Bruno Forte

“La vida o es peregrinación o es anticipación de la muerte. O es apasionamiento, búsqueda, y, por consiguiente, inquietud, o es un dejarse morir cada día un poco, huyendo en dirección de todas las evasiones posibles que caracterizan a nuestra sociedad y que sólo sirven para aturdirse y evitar el planteamiento de las verdaderas preguntas. Es preciso tomar una decisión: `¡Me levantaré e iré a mi padre!´; urge abrirse a la escucha y a la súplica. Tal es la opción que necesitan tomar especialmente las mujeres y los hombres de esta época postmoderna. Para ayudar a sus compañeros de camino a dar este paso, los creyentes deberán ser los primeros en levantarse y caminar hacia el Padre, haciéndose siempre y de nuevo peregrinos, venciendo el cansancio y la frustración que a veces se insinúa, en particular cuando parece que no se consiguen resultados. El creyente sabe que no está en el mundo para ver los frutos, sino para sembrar. Afirma Lutero: “Aunque supiese que el mundo terminará mañana, no dudaría en plantar una semilla hoy”. Para el que cree el Dios, lo importante no es la cosecha sino la siembra. Así, pues, el no a la frustración, ha d ir unido al sí a la pasión por la verdad, que impulsa a plantear las verdaderas preguntas del corazón de los hombres, para conseguir que busquen en Rostro escondido, el Rostro del padre-madre en el amor, el que da sentido a la vida y ofrece esperanza al mundo”.

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La nueva evangelización, Monseñor Fisichella

Otro conflicto al que se asiste es la pérdida del sentido de responsabilidad. Este horizonte viene simbólicamente encontrado en la pregunta que Dios dirige a Caín: "¿Dónde está tu hermano?". Por paradójico que pueda parecer, el secularismo nacido a la sombra de la responsabilidad plena delante a sí mismo con el rechazo de la autoridad de Dios, acaba con la destrucción del objetivo que se proponía. Cerrado en sí mismo, en un individualismo exasperado, el hombre de hoy ha perdido de vista también al otro. Una lúcida expresión de esta situación se encuentra en la fórmula sartreana les autres son l'enfer. La ambigua concepción de la libertad, el fuerte subjetivismo que ya no sabe reconocer el valor de la verdad perenne y, sobre todo, el eclipse del sentido de Dios, han llevado a olvidar el valor de la vida y al desinterés por el hermano al punto de comprobar con horror que una sociedad que se proclama civilizada y evolucionada está cada vez más cerrada en el círculo de la muerte. En suma, una cultura secularizada que se pretende autónoma de Dios, termina con la pérdida del sentido mismo de la vida.

Aquí por tanto se pone el gran desafío que mira al futuro. Quien quiere la libertad de vivir como si Dios no existiera lo puede hacer, pero debe saber lo que le espera; debe tener conciencia de que esta elección no es premisa de libertad ni de autonomía. Limitarse a disponer de la propia vida nunca podrá satisfacer la exigencia de libertad; silenciar forzosamente el deseo de Dios que está radicado en la interioridad más profunda, nunca podrá arribar a la autonomía. El enigma de la existencia personal no se resuelve rechazando el misterio, sino eligiendo sumergirse en él (GS 22). Este es el sendero a recorrer; todo atajo corre el riesgo de perderse en los laberintos selváticos, donde es imposible ver tanto la salida como la meta a alcanzar.

Rav Elishá Aviner

La cima del culto a Dios, es el nivel de "hijos", y por ello los días de Pesaj son días de avance y ascenso - de un culto de servidumbre a un culto de hijos, de un culto que se basa solamente en el aceptado del yugo, a un culto que se basa en la identificación y en el sentimiento de pertenencia. Bienaventurado es el que llega al nivel de "hijos", cuando su culto surge de un gran amor por D's y un sentimiento de vinculación con Él. Pero de los días de Pesaj aprendemos también que hay un camino muy claro y definido para trepar a lo alto: Se comienza con "alabad los siervos de Dios", con "porque Mis siervos son los hijos de Israel" y se culmina con "vosotros sois los hijos del Eterno, vuestro Señor". El camino comienza recibiendo el yugo Divino y el yugo de las mitzvot, según la interpretación más sencilla, sin astucias ni "rebajas", cumpliendo escrupulosamente con cada mitzva incluso cuando no nos identificamos plenamente ni sentimos que nos elevamos: Ese es el nivel del "siervo". El que superó con éxito ese primer nivel, le está permitido y es meritorio de avanzar más, hacia el nivel de "hijos", y exigir sentir el placer de "vosotros sois los hijos del Eterno, vuestro Señor".

Hora de Jesús. Jueves Santo

Lavatorio de los pies

- Contempla a Jesús en su rescate del hombre: se hace siervo para rescatar al siervo y hacerle hijo (Jn 13, 1-15).

- ¿Comprendemos lo que ha hecho con nosotros al lavarnos los pies? (Jn 13, 12).

- ¿Cómo realizamos este gesto en nuestra vida, cómo nos lavamos los pies “unos a los otros”, como Él nos pidió? (Jn 13, 14).

Oración sacerdotal

- La respuesta sobre la vida eterna. (Jn 17, 3)

- La oración por los suyos (Jn 17, 6ss)

- Ser Uno, como el Padre y el Hijo (Jn 17, 11, 21)

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Homilía que el Papa Benedicto XVI en la Misa del Domingo de Ramos y de la Pasión del Señor

“El salmo procesional 23, que la Iglesia nos propone como "canto de subida" para la liturgia de hoy, indica algunos elementos concretos que forman parte de nuestra subida, y sin los cuales no podemos ser levantados: las manos inocentes, el corazón puro, el rechazo de la mentira, la búsqueda del rostro de Dios. Las grandes conquistas de la técnica nos hacen libres y son elementos del progreso de la humanidad sólo si están unidas a estas actitudes; si nuestras manos se hacen inocentes y nuestro corazón puro; si estamos en busca de la verdad, en busca de Dios mismo, y nos dejamos tocar e interpelar por su amor. Todos estos elementos de la subida son eficaces sólo si reconocemos humildemente que debemos ser atraídos hacia lo alto; si abandonamos la soberbia de querer hacernos Dios a nosotros mismos. Le necesitamos. Él nos atrae hacia lo alto, sosteniéndonos en sus manos – es decir, en la fe – nos da la justa orientación y la fuerza interior que nos eleva. Tenemos necesidad de la humildad de la fe que busca el rostro de Dios y se confía a la verdad de su amor.

La cuestión de cómo el hombre pueda llegar a lo alto, ser totalmente él mismo y verdaderamente semejante a Dios, ha cuestionado siempre a la humanidad. Ha sido discutida apasionadamente por los filósofos platónicos del tercer y cuarto siglo. Su pregunta central era cómo encontrar medios de purificación, mediante los cuales el hombre pudiese liberarse del grave peso que lo abaja y poder ascender a la altura de su verdadero ser, a la altura de su divinidad. San Agustín, en su búsqueda del camino recto, buscó por algún tiempo apoyo en aquellas filosofías. Pero, al final, tuvo que reconocer que su respuesta no era suficiente, que con sus métodos no habría alcanzado realmente a Dios. Dijo a sus representantes: reconoced por tanto que la fuerza del hombre y de todas sus purificaciones no bastan para llevarlo realmente a la altura de lo divino, a la altura adecuada. Y dijo que habría perdido la esperanza en sí mismo y en la existencia humana, si no hubiese encontrado a aquel que hace aquello que nosotros mismos no podemos hacer; aquel que nos eleva a la altura de Dios, a pesar de nuestra miseria: Jesucristo que, desde Dios, ha bajado hasta nosotros, y en su amor crucificado, nos toma de la mano y nos lleva hacia lo alto.

Subimos con el Señor en peregrinación. Buscamos el corazón puro y las manos inocentes, buscamos la verdad, buscamos el rostro de Dios. Manifestemos al Señor nuestro deseo de llegar a ser justos y le pedimos: ¡Llévanos Tú hacia lo alto! ¡Haznos puros! Haz que nos sirva la Palabra que cantamos con el Salmo procesional, es decir que podamos pertenecer a la generación que busca a Dios, "que busca tu rostro, Dios de Jacob" (Sal 23, 6). Amén”.

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TEXTOS PARA MEDITAR EL VIERNES SANTO

Salmo 22 (21)

Sufrimiento y esperanza del justo

Dios mío, Dios mío,

¿por qué me has abandonado?
a pesar de mis gritos,
mi oración no te alcanza.
Dios mío, de día te grito,
y no respondes;
de noche, y no me haces caso;
aunque tú habitas en el santuario,
esperanza de Israel.

En ti confiaban nuestros padres;
confiaban, y los ponías a salvo;
a ti gritaban, y quedaban libres;
en ti confiaban, y no los defraudaste.
Pero yo soy un gusano, no un hombre,
vergüenza de la gente,
desprecio del pueblo;
al verme, se burlan de mí,
hacen visajes, menean la cabeza:
"acudió al Señor, que lo ponga a salvo;
que lo libre si tanto lo quiere".

Tú eres quien me sacó del vientre,
me tenías confiado
en los pechos de mi madre;
desde el seno pasé a tus manos,
desde el vientre materno tú eres mi Dios.
No te quedes lejos,
que el peligro está cerca
y nadie me socorre.

Me acorrala un tropel de novillos,
me cercan toros de Basán;
abren contra mí las fauces
leones que descuartizan y rugen.
Estoy como agua derramada,
tengo los huesos descoyuntados;
mi corazón, como cera,
se derrite en mis entrañas;
mi garganta está seca como una teja,
la lengua se me pega al paladar;
me aprietas
contra el polvo de la muerte.
Me acorrala una jauría de mastines,
me cerca una banda de malhechores;
me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos.
Ellos me miran triunfantes,
se reparten mi ropa,
echan a suerte mi túnica.

Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.
líbrame a mí de la espada,
y a mí única vida de la garra del mastín;
sálvame de las fauces del león;
a éste pobre, de los cuernos del búfalo.

Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.

Isaías 53

“¿Quién dio crédito a nuestra noticia? Y el brazo de Yahveh ¿a quién se le reveló? Creció como un retoño delante de él, como raíz de tierra árida. No tenía apariencia ni presencia; (le vimos) y no tenía aspecto que pudiésemos estimar. Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta. ¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados. Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino, y Yahveh descargó sobre él la culpa de todos nosotros. Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca. Tras arresto y juicio fue arrebatado, y de sus contemporáneos, ¿quién se preocupa? Fue arrancado de la tierra de los vivos; por las rebeldías de su pueblo ha sido herido; y se puso su sepultura entre los malvados y con los ricos su tumba, por más que no hizo atropello ni hubo engaño en su boca. Mas plugo a Yahveh quebrantarle con dolencias. Si se da a sí mismo en expiación, verá descendencia, alargará sus días, y lo que plazca a Yahveh se cumplirá por su mano. Por las fatigas de su alma, verá luz, se saciará. Por su conocimiento justificará mi Siervo a muchos y las culpas de ellos él soportará. Por eso le daré su parte entre los grandes y con poderosos repartirá despojos, ya que indefenso se entregó a la muerte y con los rebeldes fue contado, cuando él llevó el pecado de muchos, e intercedió por los rebeldes”.

Para que seáis hijos de vuestro Padre celestial - Mt 5, 45

“Todos somos hijos del Padre celestial. Hemos de ver en todos los hombres a hijos queridos de Dios. No en los buenos, sino en todos: todos son hijos de Dios, y por eso hemos de portarnos con ellos de la manera amorosa en que se comporta un buen hermano, que no cambia aunque su hermano le haga mal o se comporte indignamente. Esta fraternidad real de todos los hombres conlleva una ternura de sentimientos, una amabilidad en las palabras, una caridad en los actos que explica todos los preceptos del Evangelio relativos a la caridad, a la paz y a la bondad. Nada hay más natural que estos preceptos, si consideramos a todos los hombres como hermanos, como hijos de un mismo Padre. Creamos, pues, en nuestra fraternidad con todos los hombres”.

CARLOS DE FOUCAULD, Meditaciones sobre el Evangelio, 1987

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TEXTOS DEL SÁBADO SANTO

Textos bíblicos:

Gn 37. 39-45. / Mc 15,42-47 / Lc 15,4-7

Textos para meditar

“El gran y santo sábado santo es el día que une el Viernes santo, la conmemoración de la cruz, al día de la Resurrección. Para muchos, la verdadera naturaleza y el sentido de esta unión, la real necesidad de este día intermedio, permanece oscuro. Para la gran mayoría de aquellos que van a la Iglesia, los días “importantes” de la gran semana son el viernes y el domingo, la Cruz y la Resurrección. Estos dos días, sin embargo, son muy distintos. Hay un día de tristeza, después un día de alegría. En esta sucesión, la tristeza es sencillamente remplazada por la alegría. Pero, según la enseñanza de la Iglesia, expresada en su tradición litúrgica, la naturaleza de esta sucesión no es de simple sustitución. La Iglesia proclama que Cristo ha destruido la muerte a través de la muerte y este quiere decir que, antes de la resurrección, ocurre un acontecimiento en el que la tristeza no ha sido simplemente remplazada por la alegría, sino que la tristeza misma se ha transformado en alegría. El gran Sábado es precisamente el día de la transformación, el día donde la victoria germina del interior mismo del desastre, cuando anteriormente a la resurrección se nos concede contemplar la muerte de la muerte. (…) Cristo es elevado de entre los muertos; su resurrección la celebraremos el día de Pascua. Sin embargo, esta celebración conmemora un acontecimiento único del pasado y anticipa un misterio del futuro. Es ya la resurrección pero no aún la nuestra. Nosotros debemos morir, aceptar la muerte, la separación, la destrucción. La realidad de nuestra situación en este mundo es la realidad del gran Sábado; este día es la real imagen de nuestra condición humana. Nosotros creemos en la resurrección porque Cristo ha resucitado de entre los muertos. Nosotros esperamos la resurrección. Nosotros sabemos que la muerte de Cristo ha vencido el poder de la muerte, y que esta no es más la única salida sin esperanza, el fin de todo… Bautizados en su muerte, nosotros comulgamos en su vida que ha surgido de la tumba. Nosotros recibimos su cuerpo y su sangre que son alimento de inmortalidad. Nosotros tenemos en nosotros mismos la prenda, la anticipación de la vida eterna… Toda nuestra existencia cristiana encuentra su dimensión en estos actos de comunión en la nueva vida del tiempo nuevo del Reino. Y sin embargo nosotros estamos aún aquí, la muerte es nuestra lucha inevitable. Pero, ¿esta vida entre la resurrección de Cristo y el día de la resurrección general no es precisamente la vida del gran sábado? ¿No es la espera la categoría fundamental y esencial de la experiencia cristiana? Nosotros esperamos en el amor, la esperanza y la fe. Y esta espera “de la resurrección y de la vida del mundo futuro”, este vida “oculta con Cristo en Dios”, este creencia en la esperanza, acompañada del amor y de la certeza, constituye nuestro propio “sábado santo”. Poco a poco, todas las cosas de este mundo, llegarán a ser transparentes a la luz que de aquí emana; “la figura de este mundo pasa”, y esta vida imperecedera con Cristo llegará a ser nuestro valor supremo y último”, Alexandre Schmemann, La semaine sainte, en Le Mystère Pascal. Commentaires liturgiques, Abbaye de Bellefontaine, 1975, 43-44. 54-55.

“La vida de uno está ligada a la de los otros y no podemos volver ante el rostro del Padre si no es juntos, nunca solos. Una vida llama a la otra: Aquí se revela ahora el gran misterio del relato de José: más allá de los celos, de las envidias, de la sospecha, por encima de todo son hermanos y no pueden realizar su vida si no es juntos, teniéndose en cuenta uno al otro. La vocación se puede cumplir sólo con los otros y unido a los otros. Una persona puede hacer muchas cosas en su vida, pero no responde sinceramente a su vocación a la vida si no tiene en cuenta a los otros como hermanos en el único amor del Padre. Esta historia se ha cumplido en Cristo y, en la vida espiritual, éste el verdadero horizonte en que nos debemos mover y pensar. Por encima de tantos prejuicios, tanto personales como étnicos, religiosos, sociales, etc., nuestra fe nos muestra que la vocación del hombre se cumplirá si volvemos ante el rostro de nuestro Padre teniendo en cuenta el uno al otro. No se puede volver sin los hermanos.

Según I Jn 4, 7ss, donde se abre el nexo entre el amor y el conocimiento, no podemos proclamar el credo en nuestro Dios si no es con esta conciencia radical de sentirnos hermanos entre los hombres. Nosotros profesamos nuestra fe en un único Dios Padre. Por tanto, todos los hombres hemos sido creados por el amor del mismo Padre. Existe entonces esa fortísima exigencia de tener que volver ante el rostro de Dios con los hermanos. Y buscar a los hermanos significa ir por los caminos del mundo con la lógica pascual, hasta el punto de que nos consideremos y nos sintamos parte de esta humanidad que es como una cadena: se levanta un eslabón, y este eslabón arrastro consigo todos los demás porque están todos unidos. He de sentir que cualquier persona, sea cual sea la situación en que se encuentre, es mi hermano. Todo esto no puede reducirse a un imperativo ético, porque nuestra voluntad ética no es capaz de realizar ese imperativo y de convertirlo en praxis. Supone, más bien, abrirse a ese Amor que es una fuerza real y que constituye a las personas haciéndoles ver la propia realización en el organismo universal de unas relaciones libres. Se trata de una ética capaz de cumplir lo que exige. Es el amor del Padre el que opera en nosotros y el que nos capacita para sentir al otro como hermanos porque es hijo suyo. No se puede hacer una lectura facilona y simplista. No significa que estemos todos juntos ante el Padre mano a mano. Lo revela la historia de José, y mucho más el cumplimiento de José en el Señor. Significa, más bien, bajar a los abismos de la pascua por el dolor que produce la ausencia del hermano. Es decir, sentir la crucifixión porque faltan los hermanos”, Marko Rupnik, Busco a mis hermanos. Lectio Divina sobre José de Egipto, Madrid 2000, 139-141.

Preguntas para la reflexión personal y por grupos:

- Generalmente, nos molesta el amor que sobrepasa el rasero mezquino de la igualdad, buscamos una igualdad de mínimos, “a todos igual”, y tememos las diferencias porque las entendemos como exclusividades. Mira al Padre y su amor infinito, mira después a tu hermano, a tu amiga o amigo, y alégrate del infinito y especial amor que Dios le tiene. Reconcíliate así con el hermano más amado.

- Recuerda los “tiempos muertos” en tu vida. Los tiempos de distancia, de lejanía de tus hermanos, de soledad y sepultura respecto de los demás donde se ha purificado la vida y el corazón. ¿Reconoces en ellos un sábado santo, la víspera de una resurrección, de una nueva fraternidad?

- ¿Eres José, te sabes amado por el Padre? ¿Has descubierto tu vocación a la fraternidad, a ser un buscador de hermanos separados y distanciados del Amor?

- ¿Eres Judá, capaz de ofrecerse en lugar de su hermano Benjamín? Esto es el signo de la vida nueva: cuando el hermano está por delante de mí y yo quedo en segundo lugar, feliz porque mi hermano puede reencontrarse con el Padre, así hace Jesús con nosotros. ¿Quieres vivir cediendo el primer lugar por amor al Amor?

- ¿A qué hermano tienes que perdonar hoy para poder leer tu vida como una historia de salvación? Abrázale y celebra la fiesta de la nueva vida reconciliada.

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Domingo de resurrección

Vivir en comunión

Después de dos mil años, Cristo permanece presente por el Espíritu Santo, y su misteriosa presencia se hace concreta en una comunión visible: ella reúne a mujeres, hombres, jóvenes, llamados a avanzar junto sin separarse los unos de los otros.

Pero he aquí que, a lo largo de su historia, los cristianos han conocido múltiples sacudidas: han surgido separaciones entre aquellos que, sin embargo, se refieren al mismo Dios del amor.

Restablecer una comunión es urgente hoy; no se puede dejar sin cesar para más tarde, hasta el final de los tiempos. ¿Haremos todo lo posible para que los cristianos despierten al espíritu de comunión?

Existen cristianos que, sin tardar, viven ya en comunión los unos con los otros allí donde se encuentran, con toda humildad, con toda simplicidad. A través de su propia vida, quisieran hacer a Cristo presente para muchos otros. Saben que la Iglesia no existe por sí misma sino para el mundo, para depositar en él un fermento de paz.

“Comunión” es uno de los más hermosos nombres de la Iglesia: en ella, no puede haber severidades recíprocas, sino solamente limpidez, la bondad del corazón, la compasión… y llegan a abrirse las puertas de la santidad”

Roger de Taizé, Un porvenir de paz. Carta 2005

PASCUA - Carta de Comunión 2011

“Busco a mis hermanos”

Gn 37, 16

Sobre la Vida. La pregunta más seria del hombre versa sobre la vida, su razón de ser, su sentido, su destino. Ese interrogante existencial no revela sino la necesidad que tenemos de que la vida sea el recipiente de la felicidad. La Comunidad iniciamos el año 2005 con la pregunta del salmo 33: “¿Hay alguien que ame la vida y desee días de prosperidad?” y a partir de entonces hemos hecho un camino de gracia, de búsqueda de Dios y de encuentro sincero con Él.

La vida que anhelamos, la Vida eterna que exige todo amor, nos la ha revelado Jesús: “… que te conozcan a ti. Único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3). Conocer al Padre y conocer la Hijo, es la obra del Espíritu en nosotros y es la razón de nuestra existencia, pues hemos sido llamados a la vida para conocer y gozar esta Vida, que procede del Amor sin límites de Dios, Amor trinitario, “en el que somos, nos movemos y existimos” (Act. 17, 28) y del que el hombre no puede alejarse sin perderse y sin que fracase de algún modo su vida.

El Padre, el Hijo, el Espíritu. Comenzamos por el Padre. La parábola del hijo pródigo (Lc 15) narra el encuentro existencial entre Dios y el hombre que le hace pasar a éste de sentirse siervo a saberse hijo amado. Nos salva el amor del Padre, su espera esperanzada en nuestro retorno, su irreductible misericordia, su perdón, el abrazo de acogida y el nuevo bautismo de sus lágrimas sobre cada uno de nosotros, tantas veces perdidos y encontrados. El abrazo del Padre, la apertura incondicional de su Casa, ha transformado nuestra relación con Él de siervos en relación de hijos.

Fuimos encontrados por Aquél que nos buscó: Jesús, el Hijo primogénito, nuestro Hermano mayor, el que se presenta como José, el que buscaba a sus hermanos perdidos (Gn 37, 12-20), y así nos ha rescatado de nuestra servidumbre y esclavitud haciéndose él mismo siervo (Jn 13), yendo en nuestra búsqueda, superando nuestras lejanías, abajándose hasta nosotros. Su condescendencia con el hombre le ha llevado a acoger la humana existencia, ha consentido en lavarle los pies como si se tratase él mismo de un esclavo (Mc 10, 45), ha llegado al extremo de dar la vida por nosotros y descender hasta el infierno del mal que nos aqueja, para alzarnos del polvo y sacarnos de las sombras de la muerte.

Este es el Amor que salva, aquél que nos devuelve el Don perdido: ser hijos de Dios y, por tanto, hermanos entre nosotros. Este rescate costoso nos arranca del abismo del mal que no es otra cosa que apartarnos de la dignidad de ser hijos de Dios, hijos en el Hijo, hermanos de Jesús, hermanos entre nosotros.

La Pascua es el gran acontecimiento de la Trinidad, Padre, hijo y Espíritu, a favor del hombre (Jn 3, 5.16), el cual tantas veces deambula por la vida desconociendo su procedencia, la pertenencia que le dignifica, el destino y la herencia que le espera. El Padre y el Hijo nos han dado identidad, nos han dicho de qué Fuente hemos nacido, quiénes somos y hacia dónde vamos. Somos el fruto de su Amor que no tiene límites, que es eterno, que es creador, salvador y divinizador.

Comunidad: fruto de Pascua. Sobre el Don del Padre, del Hijo y del Espíritu gira toda vida, se asienta toda nuestra existencia, como la de la primera Comunidad de Jerusalén (Act 2, 1ss; 42-47; 4, 32-35) que, llena de gozo y gratitud, vivía en alabanza y acción de gracias, en perfecta comunión y conversión, teniendo un solo corazón y una sola alma, abierta generosamente a la pobreza del hombre para socorrerle con el mismo amor que ardía en medio de ella. El Espíritu hace posible en ella la petición de Jesús al Padre: “Que todos sean uno para que el mundo crea” (Jn 17, 21), y el mandato a sus más cercanos discípulos: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”(Jn 13, 34). Sólo así, el mundo que los rodeaba podía exclamar “¡Mirad cómo se aman!”[1] y pasar también de ser siervos, de estar lejos, a ser hijos, a estar muy cerca de Dios y creer en Él. Nosotros somos herederos[2] de esta experiencia pascual que inauguró una nueva forma de vida: el Espíritu había hecho estallar los cerrojos del miedo y las ventanas cerradas de todos los egoísmos, creando una comunidad de hermanos en el Señor Resucitado, en la que no había esclavos sino libres bajo la gracia nueva; su Fuego ardía en medio de ellos, orientándoles a una plena comunión de vida, y su Viento les empujaba a llevar el Amor de Dios a todo hombre, raza y nación, provocando con sus palabras y su misma vida la vuelta del hombre a Dios.

Ofrecer el Don recibido. En la Pascua queda restaurada la difícil relación hombre y Dios, las difíciles relaciones entre los hombres y entre estos y el Cosmos. La Pascua nos hace inmensamente agraciados pero también inmensamente responsables, porque su Amor pide ser acogido pero también ofrecido a otros, que es un modo de agradecer tanto amor[3].

En esta Pascua pongamos los ojos del corazón en nuestros hermanos (Japón) que sufren los desastres naturales y sus tremendas consecuencias, en la cantidad incontable de personas que han quedado sin hogar, sin trabajo, sin familia; en los pueblos que viven el horror de la guerra, del terrorismo, de la tiranía, de la pobreza, el hambre y la muerte (Costa de Marfil, Libia, Yemen… ). A esta Pasión ha bajado el Hijo, para acompañarla y dar a todo sufrimiento humano el apoyo de un amor que salva y una gracia que va más allá de la muerte. Sabiéndonos hijos amémonos como hermanos, amemos al hermano más próximo y al más lejano; amémonos con el don de la fraternidad de Jesús y el mundo conocerá una novedad que brotará de dentro a fuera, como las aguas de un manantial, del corazón a la vida, de las certezas más íntimas hasta concretarse en los gestos más radicales y renovadores.

Todo, a pesar del dolor y de la muerte, brilla con el resplandor de la verdadera comunión y de la relación viva y vivificante, todo tiene un origen común y un destino común. Todo está transido de nueva Creación, redimida y salvada con el Amor del Padre, por el Amor del Hijo, en el Amor del Espíritu. ¡Es la mañana de Pascua, es la Pascua del Señor! ¡Amén, Aleluya!

Comunidad de la Conversión.



[1]TERTULIANO, Apologetico 39, 7, de A. Resta Barrile, Bolonia 1980, p. 145.

[2] JUAN PABLO II, Novo Millennio Ineunte 40. "Hace falta reavivar en nosotros el impulso de los orígenes, dejándonos impregnar por el ardor de la predicación apostólica después de Pentecostés" .

[3] RATZINGER, J. BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret, Encuentro, Madrid, 2011, Págs. 82-83

jueves, 31 de marzo de 2011

Carta de Comunión | CUARESMA | 2011

Agua de Vida y Fuego de Amor… (para Japón y Libia)

Carta de Comunión. Cuaresma 2011.

Queridas hermanas, cuando preparaba esta Cuaresma no había sucedido el terremoto, el tsunami y la alerta nuclear de Japón, tampoco se había desatado la ira de Gadafi. Hoy tenemos imágenes dramáticas, tristes y recientes que no podemos obviar. Ha cambiado totalmente este mensaje de Cuaresma. Me he hecho a mí misma tres constataciones inmediatas que os comparto.

1.- Sobre el debilitado sentido de la muerte. Es muy débil el sentido de la muerte en nuestra cultura y así o bien la olvidamos o la queremos olvidar, o queremos desterrarla de este mundo, o huir de ella escapando hacia cualquier paraíso prometedor, o asentarnos en el presente, resignados o ávidos por consumir al menos lo que hay al alcance de la mano. Todo ello tiene mucho de desesperanza, de escepticismo, de cinismo, de angustia.

Nosotros, los creyentes, también relegamos la muerte al punto más lejano. Nos olvidamos fácilmente que este mundo no es perfecto, al menos en cuanto me puede atacar a mi propia salud o integridad personal. Nos olvidamos de que la vida fracasa, que fracasa la existencia por una enfermedad, por una guerra, por un accidente, que factores humanos y extrahumanos, naturales, son verdaderas amenazas a la vida.

A su vez, cuántas experiencias religiosas y espirituales emergen de entre los más catastróficos acontecimientos. Nuestra propia vida nos aporta vivencias en las que de las situaciones más imprevistas y dolorosas, han surgido los más importantes cambios, las más sinceras conversiones, las esperanzas más rotundas.

Vivimos demasiado asentados en lo que tenemos y en lo que somos. Sin embargo, lo ocurrido en Japón nos recuerda que todo se lo puede llevar por delante un tsunami. Son las poderosas fuerzas de la naturaleza y las poderosas fuerzas del mal. Arrastra casas, enseres, personas, paisajes. Anida también y arraiga sus raíces en el mismo corazón del hombre.

Podemos perderlo todo pero vivimos como si eso nunca pudiera sucedernos a nosotros. Y cada día hacemos los graneros más grandes. Evitando las amenazas de muerte y derrumbándonos ante ella, con sorpresa y con horror, como si a nosotros no pudiera llegar nunca, tocarnos.

2.- El precio del bienestar. Ante lo que sucede en el país nipón y la alarma que ha cundido en todos los países, podríamos cuestionar el precio del progreso, la enormidad de nuestras necesidades, el modo de gestionar los bienes naturales, el poder económico que nunca es suficiente… Reduciendo la escala lo debemos transportar a nuestra vida personal, comunitaria, y constatar que tenemos más de lo que necesitamos, que hacemos stock fácilmente de todo, que consumimos más por gusto que por necesidad, que nos cuesta compartir, que nos hace temblar la pobreza, el carecer, el esperar turno, el ponerse a la cola y pedir, que nos costaría que no quedara nada para una misma… Algunas son metáforas; otras, no.

3.- Mis hermanos. La persona que sufre al otro lado de la tierra es mi hermano y mi hermana, tiene mis mismos anhelos, mis mismos deseos, esperanzas, inquietudes, esperanzas, dolores. En aquellas muertes está también la mía, adelantada, anunciada, pero también con ellos muero yo, mueren parte de mis esperanzas, de mis seguridades, de mis certezas, de mis comodidades. En aquellas muertes está también la mía y cuando veo los cuerpos sufrientes, heridos o muertos, digo mi Misa y me uno a Cristo para decir con Él “esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre”, e intento hacer ofrenda de mi vida de nuevo, y acción de gracias a pesar del dolor y el mal que no comprendo, “...pero no se haga mi voluntad sino la tuya”; y no ceso de pedir al Padre que no nos deje caer en la tentación de la desconfianza… y no ceso de pedir y pedir, porque al final, todo esto, lo que viene a decirnos es que somos criaturas y aunque parece que vamos a la deriva pro este mar proceloso, en realidad el viaje lo hacemos hacia Él, que nos espera porque para eso nos ha creado. Y entonces asumo toda imperfección, todo dolor, toda insatisfacción, y mantengo la esperanza que me pone en pie y me obliga a seguir caminando, construyendo con Él, amando con Él, curando las heridas, compartiendo la vida.

El sufrimiento del otro no puede dejarnos impasibles o dolidas pero en la distancia (aunque es inevitable). Es preciso calzarse el zapato de este pueblo y caminar un trecho con él. Os propongo:

- Un ayuno que me recuerde el sentido de la muerte, la realidad de la muerte, la nuestra propia y la de tantos, en medio de tantas calamidades. Dejar de vivir alocadamente y escuchar en el silencio al propio corazón, al corazón del otro, a Dios, su Palabra; reflexionar más y hablar menos. Que nos conmuevan las grandes preguntas: ¿quién soy, quiénes somos? ¿a dónde vamos y a dónde queremos ir?¿qué hacemos y qué dejamos de hacer impunemente? Apagar deseos inicuos, acallar voces de desesperanza, de odio, de distancia, de desprecio; necesitar menos, pasar alguna necesidad, carecer de algo y no buscarlo ni pretenderlo, a todos los niveles; dejar que me afecte el dolor del otro, el hambre, la sed, el frío; cuestionar nuestras comodidades, nuestras actitudes malvadas. Vivir con la mirada fija en Él y menos en nosotros y en lo que pasa. “Puestos los ojos en Aquél que inició y completa nuestra fe: Jesús…” (Hb 12, 2)

- Caridad. No puedo cortar las cuerdas que me unen a todo ser humano sin quedar yo misma cercenada. Hay que dejar correr libremente el flujo de un amor al que no pongamos trabas e impedimentos. Para ello hemos de purificar el corazón:

. PARARSE ANTE LA MUERTE. Parándonos ante la muerte, la realidad que siempre la recuerda, y ante todo signo de muerte que hay en nosotras. Hemos comenzado la Cuaresma así, aceptando el signo de la ceniza, de la nada que somos, criaturas siempre, que están aquí de paso. “Tierra, polvo, humo, nada”. Le necesitamos a Él, volver a Él.

. REDESCUBRIR NUESTRO BAUTISMO. Reconociendo el don magnífico de la Vida, la promesa que en Él nos ha sido hecha y a menudo no prestamos atención, no respondemos a ella, no la reconocemos como fuerza de nuestra vida. El agua es el símbolo de un nuevo nacimiento. El agua y el barro son elementos creacionales y por eso al mentarlos y tenerlos presentes en este tiempo estamos evocando litúrgicamente aquél nacimiento nuevo al que nos llama la Pascua del Señor.

. ACERCARNOS AL FUEGO. “Nacer del agua y del Espíritu” (Jn 3, 5).Él hará de nuestro barro, con el Agua Viva del Bautismo, una nueva Creación, una nueva criatura. “Nacer de nuevo” no es otra cosa que aceptar la gracia de la conversión. No nacemos nos convertimos a Él. Sólo esa novedad nos lleva a amar como Él nos ama, amar al mundo como Él nos ama. El nuevo nacimiento en el agua y en el espíritu nos injerta en su Vida y nos hace ser uno con Él, teniendo sus mismos sentimientos y viviendo como Él ha pensado desde siempre que sería la vida del hombre. El cristiano nace dos veces y la última de ellas le convierte en una persona Pascual, le hace hijo de Dios en el Hijo, al que sigue. Sólo en Él se nace del fuego y del Espíritu, nos convertimos a Dios.

El misterio Pascual está transido de este fuego en el que la muerte se transforma en Vida, los que estábamos perdidos encontramos la Patria, los huérfanos reciben el abrazo del Padre, los que eran siervos son rescatados por la filiación, los hermanos se reconcilian y viven el misterio de comunión en el que de muchos se hace uno.

Queridas hermanas, yo siento esta pérdida del sentido de la muerte en primera persona, siento que a menudo vivimos como si todo se nos debiera y como si fundamentalmente se nos debiera la dicha y el gozo sin fin. “No estábamos preparados para esto”, decían los titulares de un periódico de estos días aludiendo a las palabras del pueblo japonés ante la catástrofe. Son también nuestras palabras. Estamos sobrecogidas por tanto sufrimiento, por ese golpe inesperado y brutal de la naturaleza al hombre. Nos hacemos una con este pueblo que hoy sufre enormemente.

Me duele la muerte del hombre, la carrera de los jóvenes hacia ningún futuro, me desalienta verles vivir sin la alegría de la promesa y sin la certeza del amor de Dios. Me duelen todas las muertes pero me duele infinitamente más la muerte de la fe. Al mundo de hoy habría que gritarle con nuestra vida “¡Vive!”.

Os llamo la atención a fin de que recalemos en esto, y recordemos de mil modos que la vida pasa y queda sólo lo esencial.

Comencemos a vivir la Pascua, que se inició con la ofrenda de la vida y giró en el eje de una cruz para darnos la Vida que no pasa. Comencemos con Él a subir a Jerusalén, convencidos de que queremos seguir sus pasos, vivir con él, seguirle, amándole para que su amor arda en nuestro corazón.

Con todo cariño, sintiéndome unida a todas vosotras en la búsqueda de Dios y en el Seguimiento de Jesús, con la compañía del Espíritu, comenzamos esta Cuaresma, Camino hacia la Pascua.

TEXTOS

“(…) responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero» (…) todos tienen necesidad de la gracia de Dios, que ilumine la mente y el corazón (…): «Ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación» (2 Co 6, 2). Todos pueden abrirse a la acción de Dios, a su amor; con nuestro testimonio evangélico, los cristianos debemos ser un mensaje viviente, más aún, en muchas ocasiones somos el único Evangelio que los hombres de hoy todavía leen. He aquí nuestra responsabilidad; he aquí un motivo más para vivir bien la Cuaresma: dar testimonio de fe vivida en un mundo en dificultad, que necesita volver a Dios, (…)

(…) obras de misericordia viviéndolas de manera más profunda, no por amor propio, sino por amor a Dios, como medios en el camino de conversión a él. Limosna, oración y ayuno: es el camino de la pedagogía divina que nos acompaña, no sólo durante la Cuaresma, hacia el encuentro con el Señor resucitado; un camino que hemos de recorrer sin ostentación (…)

(…) comencemos confiados y gozosos el itinerario cuaresmal. Cuarenta días nos separan de la Pascua; este tiempo «fuerte» del Año litúrgico es un tiempo favorable que se nos ofrece para esperar, con mayor empeño, en nuestra conversión, para intensificar la escucha de la Palabra de Dios, la oración y la penitencia, abriendo el corazón a la acogida dócil de la voluntad divina, para practicar con más generosidad la mortificación, gracias a la cual podamos salir con mayor liberalidad en ayuda del prójimo necesitado: un itinerario espiritual que nos prepara a revivir el Misterio pascual.”

BENEDICTO XVI, Homilía del Miércoles de Ceniza, 9 marzo 2011.

EN CUARESMA,

“Para emprender seriamente el camino hacia la Pascua y prepararnos a celebrar la Resurrección del Señor —la fiesta más gozosa y solemne de todo el Año litúrgico—, ¿qué puede haber de más adecuado que dejarnos guiar por la Palabra de Dios? Por esto la Iglesia, en los textos evangélicos de los domingos de Cuaresma, nos guía a un encuentro especialmente intenso con el Señor con vistas a nuevos y decisivos pasos en el seguimiento de Cristo y en la entrega más plena a Él (…) sumergirse en la presencia de Dios: Él quiere transmitirnos, cada día, una palabra que penetra en las profundidades de nuestro espíritu, donde discierne el bien y el mal (cf. Hb 4, 12) y fortalece la voluntad de seguir al Señor (…)

En todo el período cuaresmal, la Iglesia nos ofrece con particular abundancia la Palabra de Dios. Meditándola e interiorizándola para vivirla diariamente, aprendemos… una conversión profunda de nuestra vida: dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo, como san Pablo en el camino de Damasco; orientar con decisión nuestra existencia según la voluntad de Dios; liberarnos de nuestro egoísmo, superando el instinto de dominio sobre los demás y abriéndonos a la caridad de Cristo (…) el camino de conversión hacia la Pascua nos lleva a redescubrir nuestro Bautismo. Renovemos en esta Cuaresma la acogida de la Gracia que Dios nos dio en ese momento, para que ilumine y guíe todas nuestras acciones. Lo que el Sacramento significa y realiza estamos llamados a vivirlo cada día siguiendo a Cristo de modo cada vez más generoso y auténtico.”

BENEDICTO XVI, Mensaje para Cuaresma 2011.

Lectura

Mensaje del Papa Benedicto XVI para la Cuaresma 2011

“Con Cristo sois sepultados en el Bautismo, con él también habéis resucitado” (cf. Col 2, 12)

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma, que nos lleva a la celebración de la Santa Pascua, es para la Iglesia un tiempo litúrgico muy valioso e importante, con vistas al cual me alegra dirigiros unas palabras específicas para que lo vivamos con el debido compromiso. La Comunidad eclesial, asidua en la oración y en la caridad operosa, mientras mira hacia el encuentro definitivo con su Esposo en la Pascua eterna, intensifica su camino de purificación en el espíritu, para obtener con más abundancia del Misterio de la redención la vida nueva en Cristo Señor (cf. Prefacio I de Cuaresma).

1. Esta misma vida ya se nos transmitió el día del Bautismo, cuando «al participar de la muerte y resurrección de Cristo» comenzó para nosotros «la aventura gozosa y entusiasmante del discípulo» (Homilía en la fiesta del Bautismo del Señor, 10 de enero de 2010). San Pablo, en sus Cartas, insiste repetidamente en la comunión singular con el Hijo de Dios que se realiza en este lavacro. El hecho de que en la mayoría de los casos el Bautismo se reciba en la infancia pone de relieve que se trata de un don de Dios: nadie merece la vida eterna con sus fuerzas. La misericordia de Dios, que borra el pecado y permite vivir en la propia existencia «los mismos sentimientos que Cristo Jesús» (Flp 2, 5) se comunica al hombre gratuitamente.

El Apóstol de los gentiles, en la Carta a los Filipenses, expresa el sentido de la transformación que tiene lugar al participar en la muerte y resurrección de Cristo, indicando su meta: que yo pueda «conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos» (Flp 3, 10-11). El Bautismo, por tanto, no es un rito del pasado sino el encuentro con Cristo que conforma toda la existencia del bautizado, le da la vida divina y lo llama a una conversión sincera, iniciada y sostenida por la Gracia, que lo lleve a alcanzar la talla adulta de Cristo.

Un nexo particular vincula al Bautismo con la Cuaresma como momento favorable para experimentar la Gracia que salva. Los Padres del Concilio Vaticano II exhortaron a todos los Pastores de la Iglesia a utilizar «con mayor abundancia los elementos bautismales propios de la liturgia cuaresmal» (Sacrosanctum Concilium, 109). En efecto, desde siempre, la Iglesia asocia la Vigilia Pascual a la celebración del Bautismo: en este Sacramento se realiza el gran misterio por el cual el hombre muere al pecado, participa de la vida nueva en Jesucristo Resucitado y recibe el mismo espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (cf.Rm 8, 11). Este don gratuito debe ser reavivado en cada uno de nosotros y la Cuaresma nos ofrece un recorrido análogo al catecumenado, que para los cristianos de la Iglesia antigua, así como para los catecúmenos de hoy, es una escuela insustituible de fe y de vida cristiana: viven realmente el Bautismo como un acto decisivo para toda su existencia.

2. Para emprender seriamente el camino hacia la Pascua y prepararnos a celebrar la Resurrección del Señor —la fiesta más gozosa y solemne de todo el Año litúrgico—, ¿qué puede haber de más adecuado que dejarnos guiar por la Palabra de Dios? Por esto la Iglesia, en los textos evangélicos de los domingos de Cuaresma, nos guía a un encuentro especialmente intenso con el Señor, haciéndonos recorrer las etapas del camino de la iniciación cristiana: para los catecúmenos, en la perspectiva de recibir el Sacramento del renacimiento, y para quien está bautizado, con vistas a nuevos y decisivos pasos en el seguimiento de Cristo y en la entrega más plena a él.

El primer domingo del itinerario cuaresmal subraya nuestra condición de hombre en esta tierra. La batalla victoriosa contra las tentaciones, que da inicio a la misión de Jesús, es una invitación a tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la Gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo, camino, verdad y vida (cf. Ordo Initiationis Christianae Adultorum, n. 25). Es una llamada decidida a recordar que la fe cristiana implica, siguiendo el ejemplo de Jesús y en unión con él, una lucha «contra los Dominadores de este mundo tenebroso» (Ef 6, 12), en el cual el diablo actúa y no se cansa, tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor: Cristo sale victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a vencer las seducciones del mal.

El Evangelio de la Transfiguración del Señor pone delante de nuestros ojos la gloria de Cristo, que anticipa la resurrección y que anuncia la divinización del hombre. La comunidad cristiana toma conciencia de que es llevada, como los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan «aparte, a un monte alto» (Mt 17, 1), para acoger nuevamente en Cristo, como hijos en el Hijo, el don de la gracia de Dios: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle» (v. 5). Es la invitación a alejarse del ruido de la vida diaria para sumergirse en la presencia de Dios: él quiere transmitirnos, cada día, una palabra que penetra en las profundidades de nuestro espíritu, donde discierne el bien y el mal (cf. Hb 4, 12) y fortalece la voluntad de seguir al Señor.

La petición de Jesús a la samaritana: «Dame de beber» (Jn 4, 7), que se lee en la liturgia del tercer domingo, expresa la pasión de Dios por todo hombre y quiere suscitar en nuestro corazón el deseo del don del «agua que brota para vida eterna» (v. 14): es el don del Espíritu Santo, que hace de los cristianos «adoradores verdaderos» capaces de orar al Padre «en espíritu y en verdad» (v. 23). ¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios», según las célebres palabras de san Agustín.

El domingo del ciego de nacimiento presenta a Cristo como luz del mundo. El Evangelio nos interpela a cada uno de nosotros: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». «Creo, Señor» (Jn 9, 35.38), afirma con alegría el ciego de nacimiento, dando voz a todo creyente. El milagro de la curación es el signo de que Cristo, junto con la vista, quiere abrir nuestra mirada interior, para que nuestra fe sea cada vez más profunda y podamos reconocer en él a nuestro único Salvador. Él ilumina todas las oscuridades de la vida y lleva al hombre a vivir como «hijo de la luz».

Cuando, en el quinto domingo, se proclama la resurrección de Lázaro, nos encontramos frente al misterio último de nuestra existencia: «Yo soy la resurrección y la vida... ¿Crees esto?» (Jn 11, 25-26). Para la comunidad cristiana es el momento de volver a poner con sinceridad, junto con Marta, toda la esperanza en Jesús de Nazaret: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo» (v. 27). La comunión con Cristo en esta vida nos prepara a cruzar la frontera de la muerte, para vivir sin fin en él. La fe en la resurrección de los muertos y la esperanza en la vida eterna abren nuestra mirada al sentido último de nuestra existencia: Dios ha creado al hombre para la resurrección y para la vida, y esta verdad da la dimensión auténtica y definitiva a la historia de los hombres, a su existencia personal y a su vida social, a la cultura, a la política, a la economía. Privado de la luz de la fe todo el universo acaba encerrado dentro de un sepulcro sin futuro, sin esperanza.

El recorrido cuaresmal encuentra su cumplimiento en el Triduo Pascual, en particular en la Gran Vigilia de la Noche Santa: al renovar las promesas bautismales, reafirmamos que Cristo es el Señor de nuestra vida, la vida que Dios nos comunicó cuando renacimos «del agua y del Espíritu Santo», y confirmamos de nuevo nuestro firme compromiso de corresponder a la acción de la Gracia para ser sus discípulos.

3. Nuestro sumergirnos en la muerte y resurrección de Cristo mediante el sacramento del Bautismo, nos impulsa cada día a liberar nuestro corazón del peso de las cosas materiales, de un vínculo egoísta con la «tierra», que nos empobrece y nos impide estar disponibles y abiertos a Dios y al prójimo. En Cristo, Dios se ha revelado como Amor (cf. 1 Jn 4, 7-10). La Cruz de Cristo, la «palabra de la Cruz» manifiesta el poder salvífico de Dios (cf. 1 Co 1, 18), que se da para levantar al hombre y traerle la salvación: amor en su forma más radical (cf. Enc. Deus caritas est, 12). Mediante las prácticas tradicionales del ayuno, la limosna y la oración, expresiones del compromiso de conversión, la Cuaresma educa a vivir de modo cada vez más radical el amor de Cristo. El ayuno, que puede tener distintas motivaciones, adquiere para el cristiano un significado profundamente religioso: haciendo más pobre nuestra mesa aprendemos a superar el egoísmo para vivir en la lógica del don y del amor; soportando la privación de alguna cosa —y no sólo de lo superfluo— aprendemos a apartar la mirada de nuestro «yo», para descubrir a Alguien a nuestro lado y reconocer a Dios en los rostros de tantos de nuestros hermanos. Para el cristiano el ayuno no tiene nada de intimista, sino que abre mayormente a Dios y a las necesidades de los hombres, y hace que el amor a Dios sea también amor al prójimo (cf. Mc 12, 31).

En nuestro camino también nos encontramos ante la tentación del tener, de la avidez de dinero, que insidia el primado de Dios en nuestra vida. El afán de poseer provoca violencia, prevaricación y muerte; por esto la Iglesia, especialmente en el tiempo cuaresmal, recuerda la práctica de la limosna, es decir, la capacidad de compartir. La idolatría de los bienes, en cambio, no sólo aleja del otro, sino que despoja al hombre, lo hace infeliz, lo engaña, lo defrauda sin realizar lo que promete, porque sitúa las cosas materiales en el lugar de Dios, única fuente de la vida. ¿Cómo comprender la bondad paterna de Dios si el corazón está lleno de uno mismo y de los propios proyectos, con los cuales nos hacemos ilusiones de que podemos asegurar el futuro? La tentación es pensar, como el rico de la parábola: «Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años... Pero Dios le dijo: "¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma"» (Lc 12, 19-20). La práctica de la limosna nos recuerda el primado de Dios y la atención hacia los demás, para redescubrir a nuestro Padre bueno y recibir su misericordia.

En todo el período cuaresmal, la Iglesia nos ofrece con particular abundancia la Palabra de Dios. Meditándola e interiorizándola para vivirla diariamente, aprendemos una forma preciosa e insustituible de oración, porque la escucha atenta de Dios, que sigue hablando a nuestro corazón, alimenta el camino de fe que iniciamos en el día del Bautismo. La oración nos permite también adquirir una nueva concepción del tiempo: de hecho, sin la perspectiva de la eternidad y de la trascendencia, simplemente marca nuestros pasos hacia un horizonte que no tiene futuro. En la oración encontramos, en cambio, tiempo para Dios, para conocer que «sus palabras no pasarán» (cf. Mc 13, 31), para entrar en la íntima comunión con él que «nadie podrá quitarnos» (cf. Jn 16, 22) y que nos abre a la esperanza que no falla, a la vida eterna.

En síntesis, el itinerario cuaresmal, en el cual se nos invita a contemplar el Misterio de la cruz, es «hacerme semejante a él en su muerte» (Flp 3, 10), para llevar a cabo una conversión profunda de nuestra vida: dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo, como san Pablo en el camino de Damasco; orientar con decisión nuestra existencia según la voluntad de Dios; liberarnos de nuestro egoísmo, superando el instinto de dominio sobre los demás y abriéndonos a la caridad de Cristo. El período cuaresmal es el momento favorable para reconocer nuestra debilidad, acoger, con una sincera revisión de vida, la Gracia renovadora del Sacramento de la Penitencia y caminar con decisión hacia Cristo.

Queridos hermanos y hermanas, mediante el encuentro personal con nuestro Redentor y mediante el ayuno, la limosna y la oración, el camino de conversión hacia la Pascua nos lleva a redescubrir nuestro Bautismo. Renovemos en esta Cuaresma la acogida de la Gracia que Dios nos dio en ese momento, para que ilumine y guíe todas nuestras acciones. Lo que el Sacramento significa y realiza estamos llamados a vivirlo cada día siguiendo a Cristo de modo cada vez más generoso y auténtico. Encomendamos nuestro itinerario a la Virgen María, que engendró al Verbo de Dios en la fe y en la carne, para sumergirnos como ella en la muerte y resurrección de su Hijo Jesús y obtener la vida eterna.

Vaticano, 4 de noviembre de 2010

BENEDICTUS PP XVI

A pesar de la crisis económica, en muchos lugares se ha celebrado el carnaval. Esas antiguas celebraciones, anticipaban por contraposición el itinerario cuaresmal que se preveía como un tiempo de penitencia. “Obtener con más abundancia del Misterio de la redención la vida nueva en Cristo Señor”. Ese es el objetivo que Benedicto XVI ha subrayado en su mensaje para la cuaresma de este año 2011.

Este texto, profundo y sencillo a la vez, gira en torno a tres núcleos principales.

• El primero se centra en la importancia del bautismo. Según el Papa, “el bautismo no es un rito del pasado sino el encuentro con Cristo que conforma toda la existencia del bautizado, le da la vida divina y lo llama a una conversión sincera, iniciada y sostenida por la gracia, que lo lleve a alcanzar la talla adulta de Cristo”. La cuaresma es una especie de catecumenado que nos prepara para la Vigilia Pascual en la que renovamos la opción por esa nueva vida que el bautismo inicia y consagra.


• El segundo núcleo del mensaje resume la riqueza de la Palabra de Dios, que en los domingos de Cuaresma, nos guía a un encuentro especialmente intenso con el Señor. El texto va resumiendo en pocas líneas el sentido de los evangelios que se proclaman en los cinco primeros domingos de la cuaresma: las tentaciones de Jesús en el desierto, la Transfiguración del Señor en el monte, el encuentro de Jesús con la mujer samaritana, la curación del ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro. Relatos bien conocidos que reflejan la condición humana y su vocación a una gloria que calma nuestra sed, da luz a nuestros ojos y vida definitiva a nuestra caducidad.


• El tercer núcleo recoge tres prácticas que ya se encuentran en el evangelio. Dejando de lado el Domingo de Ramos, el Papa nos invita a preparar el Triduo Pascual y en particular la Gran Vigilia de la Noche Santa de la Pascua. La preparación cuaresmal incorpora la práctica del ayuno, la limosna y la oración. Esas prácticas nos ayudan a “liberar nuestro corazón del peso de las cosas materiales, de un vínculo egoísta con la «tierra», que nos empobrece y nos impide estar disponibles y abiertos a Dios y al prójimo”. Ayunar de lo otro, compartir nuestros bienes con los otros y unirnos con espíritu creyente al Absolutamente Otro son tareas de toda la vida. Pero han de hacerse más vivas en este tiempo de preparación para la Pascua.

La conversión de nuestra vida no depende sólo de nuestras fuerzas: implica una colaboración de Dios y del hombre. De hecho, significa “dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo; orientar con decisión nuestra existencia según la voluntad de Dios; liberarnos de nuestro egoísmo, superando el instinto de dominio sobre los demás y abriéndonos a la caridad de Cristo”.

Este mensaje papal puede ayudarnos a orientar nuestro itinerario a lo largo del camino cuaresmal. En pocos escritos lo encontramos tan claro.

José-Román Flecha Andrés


Monseñor Bruno Forte: "En la noche del mundo, el hombre siente nostalgia de Dios"

Comienzan los “Diálogos en la catedral” entre la fe y la cultura, en San Juan de Letrán

ROMA, miércoles 16 de marzo de 2011 de (ZENIT.org).- “El hombre busca a Dios, siente nostalgia de su presencia”: esta constatación, apoyada por los estudios sociológicos de los últimos años, ha dado vida a la primera cita de los “Diálogos en la catedral”, comprende tres encuentros propuestos por la diócesis de Roma en la basílica de San Juan de Letrán con diversos exponentes de la cultura.

Sobre la nostalgia de Dios en la cultura contemporánea trataron el pasado 10 de marzo monseñor Bruno Forte, arzobispo de Chieti-Vasto y Pietro Barcellona, de la universidad de Catania.

“El hombre contemporáneo -afirmó el cardenal vicario de Roma, Agostino Vallini, presentando el encuentro- incluso en el drama de las situaciones existenciales, espera conocer y encontrar no un Dios genérico sino al Dios de los vivos”. Su nostalgia “nace de la desilusión de los dioses pero también de las propuestas culturales insatisfactorias de nuestro tiempo”. En su corazón, de hecho “hay todavía la esperanza viva de ser amado y de ser interlocutor para construir una historia que se desarrolla en el tiempo y prosigue más allá de él”.

La noche del mundo

“El ocaso de las ideologías – afirmó monseñor Forte – ha dado paso al 'tiempo de la noche del mundo', un tiempo tan pobre que no reconoce la falta de Dios como ausencia”. Se ha demostrado que la “muerte de Dios”, celebrada por Nietzsche, no ha generado “un hombre más feliz, sino más solo y más violento, como demuestran las guerras y las masacres llevadas a cabo por los totalitarismos, tanto de derechas como de izquierdas, durante el siglo XX”.

La pobreza que sigue a “la crisis de los grandes relatos ideológicos”, por ello, “no es tanto la percepción de la ausencia de Dios como que los hombres no sufran más por esta falta”. Ha desaparecido el “sentido de pertenencia”. “Y por esto -subraya Forte- las mentes más despiertas advierten de la necesidad de una vuelta de lo sagrado, reconociendo muy distintas señales de espera, por ejemplo en el canto de los poetas”. Deber del poeta es “suscitar la nostalgia de Dios, cantar su ausencia”.

“Es cierto -advierte Forte- que de la noche no se sale fácilmente”. De hecho, “en su rechazo crítico de los mundos ideológicos, la posmodernidad no es más que una forma invertida de ellos” de manera que “la sed de plenitud de la razón emancipada puede convertirse en una nueva totalidad, la del negativo que abarca todas las cosas”.

“Sin embargo se dibuja en la inquietud posmoderna -prosiguió – una especie de búsqueda del Otro, del huésped deseado y al mismo tiempo inquietante”. Se percibe que “huir de la presunción totalitaria de la razón moderna exige confesar una alteridad que destroce el dominio del sujeto y se ofrezca como origen y fin”. “El resultado de lo moderno y de lo posmoderno -afirmó Forte- es hambre y sed de sentido, declaradas o no confesadas”, es decir, “la necesidad de dar un sentido a una vida tan frágil”.

Un Dios en el que confiar

¿Cuál es entonces el Dios “del que se puede hablar a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo?”. “Un Dios de confianza -destacó el arzobispo de Chieti-Vasto- que no nos violenta porque quiere para sí sólo hombres libres”. El cristianismo, de hecho, “es la religión de la libertad que se diferencia radicalmente por esto, entre otras cosas, del Islam, donde todo está predestinado”.

“En la pregunta que todo el mundo lleva en su interior acerca de la inevitabilidad de la muerte -afirmó Forte- va perfilándose la imagen de un padre-madre en el amor, alguien en quien confiar sin reservas, casi un puerto donde reposar nuestro cansancio y nuestro dolor, seguros de no ser rechazados al abismo de la nada”. ¿Por qué, entonces, si esta necesidad es tan fuerte, surge en tantos un rechazo incluso visceral de la figura del padre?”. Esencialmente por “el miedo de tener que depender de Él”.

La elección decisiva es aceptar “un padre-madre que nos ame haciéndonos libres”. “Elegir de qué parte estar”. Esto es, para Forte, “el riesgo de la fe”. “No hemos sido nosotros los que hemos amado a Dios en primer lugar, sino Él”.

“La nostalgia de Dios en el mundo contemporáneo -concluyó el arzobispo- no está dirigida hacia un juez sino hacia el Crucifijo”. El hombre de la Síndone atrae “porque en aquella debilidad se revela el infinito amor de Dios”. ¿Cuál es entonces el paso que hay que dar? “Entregarse a este amor que no es debilidad sino 'buena noticia'”. “Los cristianos que lo han experimentado, como el ministro paquistaní Shahbaz Bhatti, saben que es la única razón por la que valga la pena vivir y morir”.

Derrotar a la muerte

No son diferentes las conclusiones de Pietro Barcellona, profesor de filosofía del derecho en la facultad de Derecho de la Universidad de Catania, ex miembro del Consejo Superior de la Magistratura y ya diputado del Partido Comunista italiano.

“La nostalgia -afirmó Barcellona- nace de la sensación de pérdida”. El nuestro es un tiempo caracterizado por la “pérdida de la dimensión interior y de la memoria, e incluso del contacto con el mundo real”. La oferta, en efecto, es “la 'Second life', una vida virtual”.

El iluminismo tecnológico -afirmó Barcellona- es el último intento de la arrogancia del hombre de hacer frente a la incontenible angustia de muerte que lo invade desde los primeros momentos de su venida al mundo”

En la realidad virtual, de hecho, “no aparecen más, de modo alguno, ni la experiencia dolorosa del existir como seres mortales ni la experiencia de la imaginación como capacidad de pensar otro modo posible de estar en el mundo”. Las más avanzadas tecnologías funcionan como “un gran dispositivo anestésico” en la medida que “a los hombres no les gusta pensar porque esto les lleva a contactar con sus propias contradicciones”.

“En la época de la actual miseria -se interrogó Barcellona- en la que el nihilismo parece haber vencido sobre cualquier intento de reabrir el animo a la esperanza, ¿de qué Dios se puede tener nostalgia?”. El Dios hacia el que se siente “la atracción irresistible”, según Barcellona, es “el Hijo de Dios que se ha hecho hombre y que asumiendo la carne y la sangre de los seres mortales ha compartido hasta las últimas consecuencias el dolor y la miseria, eligiendo hacerse crucificar como al último de los delincuentes”.

“Solo un Dios que acepta ser derrotado por la muerte -concluyó Barcellona- es capaz de comunicarse todavía con los seres humanos”.

Benedicto XVI:

Y Judas entró en la noche

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 16 de marzo de 2011 (ZENIT.org).- Presentamos un pasaje del libro del Papa "Jesús de Nazaret. Desde la entrada el Jerusalén hasta la resurrección", adelantado por la "Libreria Editrice Vaticana", de acuerdo con "Ediciones Encuentro", encargada de la edición de la obra en lengua española. El texto está tomado del cuarto punto -"El misterio del traidor"- del tercer capítulo, titulado "El lavatorio de los pies".

La perícopa del lavatorio de los pies nos pone ante dos for­mas diferentes de reaccionar a este don por parte del hom­bre: Judas y Pedro. Inmediatamente después de haberse re­ferido al ejemplo que da a los suyos, Jesús comienza a ha­blar del caso de Judas. Juan nos dice a este respecto que Jesús, profundamente conmovido, declaró: «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar» (13,21).

Son momentos en los que Jesús se encuentra con la ma­jestad de la muerte y es tocado por el poder de las tinie­blas, un poder que él tiene la misión de combatir y vencer. Volveremos sobre esta «conmoción» del alma de Jesús cuando reflexionemos sobre la noche en el Monte de los Olivos.

Inicialmente se alcanza a entender únicamente que quien traicionará a Jesús es uno de los comensales; pero poste­riormente se va clarificando que el Señor tiene que padecer hasta el final y seguir hasta en los más mínimos detalles el destino de sufrimiento del justo, un destino que aparece de muchas maneras sobre todo en los Salmos.

Así, la palabra del Salmo proyecta anticipadamente su sombra sobre la Iglesia que celebra la Eucaristía, tanto en el tiempo del evangelista como en todos los tiempos: con la traición de Judas, el sufrimiento por la deslealtad no se ha terminado. «Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba, el que compartía mi pan, me ha traicionado» (Sal 41,10). La ruptura de la amistad llega hasta la fraternidad de comu­nión de la Iglesia, donde una y otra vez se encuentran per­sonas que toman «su pan» y lo traicionan.

Lo que sucedió con Judas, para Juan, ya no es explicable psicológicamente. Ha caído bajo el dominio de otro: quien rompe la amistad con Jesús, quien se sacude de encima su «yugo ligero», no alcanza la libertad, no se hace libre, sino que, por el contrario, se convierte en esclavo de otros pode­res; o más bien: el hecho de que traicione esta amistad proviene ya de la intervención de otro poder, al que ha abierto sus puertas. Y, sin embargo, la luz que se ha­bía proyectado desde Jesús en el alma de Judas no se oscureció completamente. Hay un primer paso hacia la conversión: «He peca­do», dice a sus mandantes. Trata de salvar a Jesús y de­vuelve el dinero (cf. Mt 27,3ss). Todo lo puro y grande que había recibido de Jesús seguía grabado en su alma, no podía olvidarlo. Su segunda tragedia, des­pués de la traición, es que ya no logra creer en el per­dón. Su arrepentimiento se convierte en desesperación. Ya no ve más que a sí mis­mo y sus tinieblas, ya no ve la luz de Jesús, esa luz que puede iluminar y superar incluso las tinieblas. De este mo­do, nos hace ver el modo equivocado del arrepentimiento: un arrepentimiento que ya no es capaz de esperar, sino que ve únicamente la propia oscuridad, es destructivo y no es un verdadero arrepentimiento. La certeza de la esperanza forma parte del verdadero arrepentimiento, una certeza que nace de la fe en que la Luz tiene mayor poder y se ha he­cho carne en Jesús.

Juan concluye el pasaje sobre Judas de una manera dra­mática con las palabras: «En cuanto Judas tomó el bocado, salió. Era de noche» (13,30). Judas sale fuera, y en un sen­tido más profundo: sale para entrar en la noche, se marcha de la luz hacia la oscuridad; el «poder de las tinieblas» se ha apoderado de él (cf. Jn 3,19; Lc 22,53).