lunes, 30 de marzo de 2015

Carta de Comunión - Pascua 2015


"LOS CONDUCE EL COMPASIVO" 
(Is 49, 10)

De la crueldad a la compasión.


EL ESCENARIO DE LA CRUELDAD. ¿Será posible una vida sin crueldad? ¿Y habrá un lugar para la compasión en la vida? El ciclo de la existencia de los seres vivos es un camino plagado de violencias y crueldades. Como en el mundo animal también en nuestra misma sociedad humana la crueldad no nos es ajena, muy al contrario, impregna la estructura comunitaria, social; la mirada sobre el ser vivo y sobre el ser humano, empaña el pacto social; la vemos brotar en medio de nosotros y la sentimos agazapada y desafiante en lo íntimo de nuestro ser; es obra de uno y de muchos; es un abismo excavado en el corazón desde la infancia, día tras día, golpe tras golpe o ley tras ley, y que todos, en alguna medida, conocemos.

Tras un acto de crueldad hay acumulados muchos rencores, muchas pequeñas iras, desilusiones, insatisfacciones, precariedades… Esconde defensas y ataques. Nos revela como animales hechos de miedos y sospechas, de afán de poder de uno sobre otro, de temores… de pulsiones ancestrales a menudo adobadas por la misma sociedad en la vivimos.

Ella, la crueldad, descarna, quita velos, ropajes, vestimentas, piel, arranca aquello que protege al hombre, hasta llegar al “crudo” humano, a lo más desamparado, indefenso, precario y sometido, y lo hace siempre violentamente, aunque parezca fría, calculada y lenta. Necesita ver la sangre, lo sagrado, el signo de la vida y de la muerte, rozar esa frontera de la vida y satisfacerse en ello, eso es la crueldad, un mal dios, un mal poder y soberanía. La risa despiadada ante un hombre en su zozobra, en su indefensión, en su miedo, en su torpeza o su límite, evidencian la crueldad.

Es la acción más perversa sobre el otro aunque a su vez responde a un desprecio radical sobre el propio yo, juzgado por la crítica e inmisericorde mirada ajena, extraña y poco amigable, que cada uno proyecta sobre uno mismo y sobre los demás, a los que juzga como enemigos, sospechosos, contrincantes.
La crueldad humana es una pasión ciega que no ve al hombre al que golpea sino un objeto, un obstáculo, un muñeco sin nombre propio y sin identidad. Solo tiene delante una miseria contra la que puede actuar. Así es muy fácil asesinar, volar un metro, un supermercado, una Iglesia…

No es algo extraordinario ni extraño. El terrorismo, que ha padecido siempre el hombre y que ahora padecemos, es el paroxismo de la crueldad. La finitud, hasta caer enferma, nos arroja a los escenarios más crueles, aunque también es la finitud la que nos puede enseñar la senda de la compasión.


EL TERROR DEL HOMBRE A LA CRUELDAD. El hombre no soporta la crueldad, a pesar de que todos la llevemos agazapada en los entresijos de nuestro ser como un virus difícil de erradicar, siente temor ante la crueldad del otro y ante la suya propia, que puede llegar a cegarle y a hacerle perder toda cordura, raciocinio y lógica. La fiereza humana puede ser temible. Se agranda, ante la crueldad humana, la incertidumbre en la que vivimos.
En esta guerra entre iguales el hombre grita a Dios: “Sálvame del hombre cruel y malvado (que puede estar enfrente pero también dentro), Tú que eres mi Dios y Salvador” (salmo 42) y así expresa dos certezas: que solo a Él puede acudir como bastión de defensa, de fortaleza, de confianza y seguridad, incluso de escondite, porque es su Dios y Señor, su Salvador, y que el temor más grande del hombre es que Dios fuera cruel, que fuéramos abandonados por Él o descarnados por Él. ¿Dónde quedaría un puerto en el que atracar? Sería entonces preferible y justificable perderse a la deriva. La crueldad de Dios sería la razón suficiente para no creer en Él y vivir en la radical desconfianza.


EL DIOS COMPASIVO Y MISERICORDIOSO. Pero Dios es compasivo y misericordioso (sal 86, 15; Sal 50, 18-19; Sal 145, 8; Is 1, 18; Joel 2, 13; Si 2, 11). Asume al hombre, lo carga, lo protege, lo cubre con una nube, lo signa en la frente para defenderlo, Él se pone en su lugar… Nunca hemos visto reírse a Dios de la precariedad humana, ni de sus torpezas y ridiculeces. Nunca le hemos visto torcer la tuerca, el garrote vil, para mostrar cómo se asfixia a un hombre. Cuando el hombre así actúa en su Nombre yerra dramática, dolorosamente, pues su Mano lleva nuestra existencia con misericordia y compasión.

¿No será ante Él donde la crueldad se para en seco? ¿Ante Él que alza su mano y amaina la tempestad? ¿Ante Él, cuyo corazón no conoce la crueldad? Y, si no es Él, ¿quién?, ¿cómo parar este impulso asesino de poder, de éxito, de muerte? Y sin Él, ¿puede haber realmente un mundo sin crueldad?


EL CAMINO DEL COMPASIVO. Nos conduce el Compasivo (Is 49, 10)
Jesús, el Hijo de Dios, inaugura una vía posible en el imposible humano abriendo un camino en la maleza, trochando una senda con su encarnación, vida, muerte y resurrección, por la que el hombre puede caminar hacia el Padre. Él nos conduce, va delante, nosotros seguimos sus pasos. Él mismo es esa Vía.

Encarnación y redención son el fruto de la compasión y misericordia de Dios por el hombre – Si algo se merece el hombre es compasión- que le ha sacado de los poderes más crueles y mortíferos hasta provocarle a compasión incluso hacia su mismo Dios y Señor.

Jesús ha llevado la compasión al límite de lo impensable, de lo inesperado y de lo correcto a fin de cambiar nuestra arcana crueldad en compasión: Es el Compasivo y el Compadecido por su criatura. Que Dios se compadezca del hombre… ¡pero que Dios quiera ser compadecido por el hombre! Es lo radicalmente nuevo, una transgresión total del orden de las cosas, de la realidad, porque quien compadece tiene un poder sobre el otro; quien es compadecido está bajo el poder del otro y Él, Dios mismo, ha querido ser compadecido por nosotros. Una seña más del “admirable intercambio” del amor (S. Agustín, Serm. Güelf 3).

Así es. Jesús, sometiéndose a nuestra crueldad, atravesando nuestra tierra de sangre y espadas, provocó nuestra compasión, arrancó nuestro corazón de piedra y de violencia e hizo nacer un corazón compasivo y misericordioso, capaz de derramar lágrimas por el otro, por el Otro. Esa es la novedad de la compasión cristiana, no ver la condición humana desde arriba sino desde dentro y desde abajo, entrar en su indigencia, precariedad, desnudez, la “nuda vida”, la descarnada humanidad, su crudeza y crueldad, para romper hasta hacer mil pedazos nuestro corazón de muerte y abrirlo al advenimiento de un corazón nuevo, a imagen del Suyo, lleno de compasión y misericordia.

La obra de transformación de la crueldad en compasión se ha llevado a cabo a través del poder- sin poder, una potencia que va más allá de todo poder humano rompiendo la pulsión negativa y destructiva del hombre. Ese anti-poder de Dios ante el hombre lleva los sellos inequívocos de una novedad que es un imposible para el hombre pero no para Dios: el abajamiento, la proximidad, la identificación: el abrazo de nuestra condición hasta superar el asco y la repugnancia, la indiferencia y la distancia, la defensa y la autodefensa, hasta la transformación del corazón malvado, cruel, salteador o levita, en un corazón samaritano.

Quedan amigadas así la paciencia y la mansedumbre con la proximidad y el acercamiento al hombre, la pasividad, que asume, con la acción, que ofrece, la receptividad con la ofrenda. Solo como le hemos visto hacer a Él se comprende y se vive la compasión. Él dice en la Pascua “¡Sí, hay vida sin crueldad!”. Él, el Compasivo silencioso, la Divinidad herida, el que ha querido ser señalado como hombre, “Ecce Homo”,  el sufrido Inocente que calla y no abre la boca, que no devuelve el insulto, que no levantó su mano poderosa para caer sobre nuestras despiadadas crueldades y quebrar nuestro pabilo vacilante, que imploró para su verdugo el perdón -¿quién conoce los estrechos desfiladeros de horror por los que atraviesa el hombre hasta convertirse en verdugo y, por tanto, también en víctima?-, el “Cualquiera” … Dirijamos nuestros ojos hacia Él, hagamos propia su mirada, su silencio, su Palabra, sus gestos… abramos el corazón a la hospitalidad, el perdón, la belleza, la bondad, la reconciliación, la gratitud, la gratuidad… depongamos todo poder y dominación, toda lucha fratricida, toda ceguera que nos impida ver al hombre como hermano… y acojamos que Él, el Amor Compasivo, nos conduzca (Is 49, 10).

Dejemos atrás el lastre de bestialidad y fiereza y revistámonos de gracia y de santidad, a imagen del Hombre nuevo, hechura del agua, del fuego, la sangre y el Espíritu. Una nueva criatura nacida del seno de un sepulcro en la mañana de Pascua. ¡Aleluya!


Unidas a todos vosotros os deseamos una Feliz Pascua del Compasivo.


M. Prado
Comunidad de la Conversión

Comunicado ESPECIAL

          
Queridos hermanos y hermanas, amigos y amigas, familias que nos acompañáis en el camino de la vida y en el camino hacia Él, compartimos con vosotros el último paso decisivo que ha dado nuestra Comunidad de la Conversión.

Por petición del Cardenal D. Juan Luís Cipriani, Arzobispo de Lima (Perú), con el apoyo de nuestro Padre General, Alejandro Moral, con la compañía de​l P. Provincial​ de la Provincia de Nuestra Señora de Gracia de Perú​​, P. Alexander Lam, ​y de nuestros hermanos agustinos de España y Perú​, un grupo de hermanas de nuestra Comunidad de la Conversión se ha hecho presente en el Monasterio de la Encarnación de Lima, perteneciente a Nuestra Orden de San Agustín, con el fin de restaurar y renovar la vida de aquella histórica comunidad, la​ primera comunidad monástica femenina del continente americano.


Así pues, respondiendo a dicha petición, el día 18 de febrero llegaron a Lima desde España las primeras cinco hermanas que formarán parte de este proyecto nuevo de renovación y comunión: Hna. Carmen Toledano, Hna. Marlene Quispe Tenorio, Hna. Amaya Hernández Muñíz, Hna. María Isabel Inoñán Quiñones y Hna. Laura Palomino Carreño.​


​ Unidas a las Hermanas pertenecientes al Monasterio, M. Leonor, M. Anita, M. Rosa, M. Nieves, Hna. Teresita, Hna. Rita, y a las diez hermanas de nuestro Monasterio de la Conversión (de votos solemnes, temporales, novicias y postulantes) que en breve se añadirán a ellas, serán el nuevo rostro del Monasterio de la Encarnación de Lima (Perú), O.S.A.

Os pedimos para ellas y para todas las hermanas del Monasterio de la Conversión que nos tengáis presentes en vuestra oración y permanezcáis en la cercanía y la comunión que ha sido siempre para todas nosotras una fuente de gratitud y de confianza en Dios y en los hombres. Junto a todos vosotros responderemos a esta llamada del Señor a renovar y hacer fecundo el espíritu agustiniano en este país tan querido por todas nosotras desde prácticamente el momento de nuestro nacimiento como Comunidad en el año 2000.

Unidísimas, con un solo corazón y una sola alma hacia Dios.

M. Prado
Monasterio de la Conversión
Sotillo de la Adrada, Ávila



Imagen del claustro del Monasterio de la Encarnación. Lima
Monseñor Salvador Piñeiro, Presidente de la Conferencia Episcopal Peruana

sábado, 27 de diciembre de 2014

Die innige Anteilnahme I

DER MENSCHENSOHN IST GEKOMMEN UM ZU SUCHEN, WAS VERLOREN IST. Lk 19, 10
Die innige Anteilnahme I
1.- DAS EINZIGE, DAS ER VERDIENT. Wenn der Mensch etwas verdient hat, ist es Anteilnahme (compassio). Keine Preise, keine Loblieder, keine Ehrerbietungen, sondern Barmherzigkeit. Keine Verachtung, keine Ausgrenzung, keine Tortur, sondern Anteilnahme. Die Nähe zum Menschen, uns einlassen und hineingeben in sein Leben, führt uns dazu, ihn zu verstehen, zu begreifen, ihn anzunehmen, denn unsere menschliche Geschichte besteht aus vielen Fehlern und Misserfolgen. Wenn das Böse tiefe Wurzeln geschlagen hat und uns diese Anteilnahme schwer fällt, genügt es, der kompletten Geschichte des Menschen nachzugehen, der der Tyrannei des Bösen unterworfen ist, von der Gegenwart zurück in die Vergangenheit, um die Abscheu, den Widerstand, den Hass, die Verachtung, die Abneigung, den Widerwillen zu überwinden (während die Rechtssprechung ihre Aufgabe verrichten muss, wenn es denn erforderlich ist). Der Mensch – immer Mensch, nie Monster – bleibt des Mitgefühls würdig. Wie oft hätte es genügt, rechtzeitig Liebe, Anteilnahme, Barmherzigkeit, Zärtlichkeit zu erfahren, damit der Mensch nie zur Bestie hätte werden können.

Das menschliche Wesen, das wir so oft meditiert haben, seine Verwaistheit, seine Einsamkeit, seine innere Leere, seine Zerbrechlichkeit, seine Unsicherheit, seine Endlichkeit haben Gott im Innersten bewegt: “Mein Herz wendet sich gegen mich, mein Mitleid lodert auf” (Hosea 11, 8ff) bis zu dem Punkt, dass die Barmherzigkeit über die Strafandrohung siegt. Seine Liebe kehrt immer zum Mitgefühl und zur Zärtlichkeit zurück. “Ist mir denn Efraim ein so teurer Sohn oder mein Lieblingskind? Denn sooft ich ihm auch Vorwürfe mache, muss ich doch immer wieder an ihn denken. Deshalb schlägt mein Herz für ihn, ich muss mich seiner erbarmen. (Jer 31,20; Jes 49, 14ff; 54,7). Weil der Mensch die Barmherzigkeit und die Treue Gottes kennen gelernt hat, ist er fähig, diese Liebe zu erbitten, die alle Blöβe und Bedürftigkeit bedeckt, und Anteilnahme bietet, jenseits allen Rechtes und aller Gerechtigkeit. Diese Bitte aus den tiefsten Tiefen des Unglücks heraus kann sich nur an Gott richten, den Vater der Barmherzigkeit: “Weise uns in unserem Elend nicht zurück, habe Erbarmen mit uns in deiner groβen Huld; nur dein unendliches Erbarmen tilgt unsere Sünden. So dass uns, wenn wir vor dir in deiner Herrlichkeit stehen, der Schutz deines einzigen Sohnes zuteil wird, weit entfernt von der verdienten Verurteilung, und wir nicht bestraft werden wie schlechte Diener. Ja, Meister und allmächtiger Herr, erhöre unser Flehen: wir kennen keinen, der ist wie du. Wir rufen deinen Namen an, denn du bist, der alles in allen bewirkt, und bei dir sind wir in Sicherheit”. [1]

2.- DAS ANGESICHT DER ANTEILNAHME UND BARMHERZIGKEIT.
Gott ist dem Menschen zugewandt, weil er das Werk seiner Hände mit groβer Barmherzigkeit liebt, denn “Jahwe ist ein barmherziger (sanftmütiger, zärtlicher – Rahum) und gnädiger (Hanum) Gott, langmütig, reich an Huld (Hesed) und Treue (Emet) …(Ex 34,6ff)”. Deshalb sieht und hört er den Schrei der Menschheit und kennt die Existenzangst, den Faustschlag der Sünde, die tödliche Wunde des Bösen. “Ich habe das Elend meines Volkes … gesehen und ihre laute Klage … habe ich gehört. Ich kenne ihr Leid. … Darum habe ich beschlossen, euch … zu befreien”. (Ex 3, 7ff) Gott ist voller Mitleid und Erbarmen, seinem Plan der Liebe treu, der das Leben des Menschen ernst nimmt bis hin zu dem Punkt, es selbst anzunehmen, sein eigen zu machen, indem er Menschensohn wird. Er vergisst den Schrei des Armen nicht und lässt die Hoffnung des Demütigen und Bedürftigen nicht scheitern (Psalm 9). Er antwortet auf unser Schreien mit seiner mitfühlenden Gegenwart, die sagt: “Hier bin ich, hier bin ich” (Jes 65, 1) und sich den Menschen in die Hände gibt aufgrund seiner Anteilnahme und zärtlichen Zuwendung, sogar einer von uns wird und unser selbes Schicksal erleidet.

Gott hat die Nacht und das Chaos besiegt durch die Anteilnahme; er hat die Härte, die Distanz, die Gefühlskälte, die Steifheit mit dem innigen Mitgefühl durchbrochen. Er hat unsere widerspenstige Gleichgültigkeit und Distanz mit der treuen und zärtlichen Barmherzigkeit gebeugt, mit der unbesiegbaren Anteilnahme. Der “Menschensohn”[2] ist das Angesicht der göttlichen Barmherzigkeit. Er hat die Menschenmengen aufgenommen, die vom Leben weniger Verwöhnten, die Kranken, die Sünder, alle, die einsam waren, ungeliebt, die sich in dichten Nebeln verirrt hatten … Jede Geste des Sohnes ist Anteilnahme, Barmherzigkeit, Treue, Zärtlichkeit vor allem gegenüber dem Schwachen und dem, der weder in die Nacht noch in die Lüge oder in die hartnäckige Verkrümmung des Bösen flieht. Seine Anteilnahme an uns lieβ ihn zum Rückweg zum Vater werden, der reich an Erbarmen ist. Somit ist die Anteilnahme, die Angesicht, Zeichen, Geste, Fleisch wurde in Jesus, der Rückweg. Deshalb wird nur der, der den Armen liebt und sich auf seine Seite stellt, zu seiner Rechten sitzen beim Hochzeitsmahl des Lammes (Mt 25, 31-46). Jesus, der “barmherzige Hohepriester” (Hebr 2, 17), ist das Angesicht der zärtlichen Anteilnahme, der innigen Barmherzigkeit.

3.- ANTEILNAHME ERWECKEN.
Als Gottessohn und Menschensohn (Daniel 7, 13-14; Johannes 1, 14; 1 Johannes 4,2) wird Jesus Christus sichtbar und bleibt gleichzeitig im Verborgenen, ohne sich hervorzuheben, ohne Bedeutung, denn er offenbart uns die innige Barmherzigkeit, die hinabsteigt, entgegenkommt. Dies ist das apophatische Geheimnis der Menschwerdung: Der unsichtbare Gott wird sichtbar, aber gleichzeitig verbirgt er sich, er zeigt uns, wer Gott ist, und verschleiert ihn in derselben Armut, in der er sich kundtut; er verbirgt sich, der die Anteilnahme selbst ist, in der Kleinheit eines neugeborenen Kindes. Denn es war notwendig, die ausgetrocknete, wasserlose Erde aufzuweichen, und es wird die Kleinheit des neugeborenen Geschöpfes sein, sein bedürftiges, bettelndes Weinen, seine unschuldigen Tränen und sein Lachen, das schlagartig den Raureif und den Tau der Nacht trocknen wird. Weder tremens noch fascinans - weder durch Furchteinflöβen, noch durch leuchtende Anziehungskraft. Gott nimmt am Menschen Anteil, und dies bewegt und erstaunt uns, aber das wirklich Unvermutete, das völlig Neue und Unerwartete für den Menschen ist, Anteil an seinem Gott und Herrn nehmen zu können. Er wollte, dass wir mit ihm mitfühlen, dass wir für ihn dieselbe Zärtlichkeit empfinden, die Er als Vater für uns empfindet, dass wir unseren Stolz und Hochmut vor dieser Kleinheit ablegen, die so viel Zärtlichkeit hervorruft, die alle Gewalt erstarren lässt! Gott wollte leiden, erleiden, und Gegenstand des Mit-leids, des Mitgefühls werden. Von Hirten, von Weisen, von seinen eigenen Eltern … ebenso wie eines Tages von einem Dieb, von römischen Hauptmännern, von seinen eigenen Freunden, von seiner Mutter, von einer groβen Menschenmenge (Jes 52, 1-12) … Ohne Widerstand, ohne Auflehnung nimmt er das Leiden aus Mitgefühl uns gegenüber an. Seine Geburt hinterlieβ diese Spur in der Zeit. Ebenso wie sein Tod und seine Auferstehung.

Er wollte, dass es so ist. So hat es der Sohn im Schoβe der Dreieinigkeit akzeptiert, so hat es der Vater akzeptiert (Joh 3, 16; Phil 2, 6-11). Ein Gott, der es nicht für unter seiner Würde befindet, sich in dieser Art zu sehen, so verachtet, klein, allein, verletzt, der zum Mitgefühl anstatt zur Furcht einlädt, ein Gott, der diesen dramatischen Weg gehen wollte, ist in sich selbst ein wahrhaft mitfühlender Gott, von Barmherzigkeit durchdrungen und würdig, geliebt zu werden.

4.- DER WEG DER ANTEILNAHME.
Dieser Welt, gefangen in der Macht- und Wegwerfkultur, im schrankenlosen Konsum, der keine Rücksicht auf den anderen nimmt, weil er um sich selbst kreist, wurde von diesem Menschensohn widersprochen, klein und winzig, bedürftig und geduldig, ein Baby, das unser Mitgefühl weckt - wobei Er selbst der Mitfühlende ist -, indem er sich uns nähert und unsere Armut annimmt. Der Kleine, der seine “Hand in die Höhle der Schlange” strecken wird (Jes 11, 8), wird uns von der Krippe aus die Worte wiederholen, die er in der Synagoge von Nazareth verkündet hat: “Der Geist des Herrn ruht auf mir; denn der Herr hat mich gesalbt. Er hat mich gesandt, damit ich den Armen eine gute Nachricht bringe; damit ich den Gefangenen die Entlassung verkünde und den Blinden das Augenlicht; damit ich die Zerschlagenen in Freiheit setze und ein Gnadenjahr des Herrn ausrufe” (Lk 4, 18). Vielleicht ist die Kraft der Schwachen das Zeichen, das uns den Weg weist, dem wir folgen sollen. Unsere als Märtyrer hingerichteten Brüder und Schwestern bringen das Licht in diese Welt voller Hass und Rache, die endlosen Reihen von Männern, Frauen und Kindern, die mit ihren wenigen Habseligkeiten die Grenze zwischen Irak und Syrien überqueren auf der Suche nach einem Zufluchtsort, der Tod der Gläubigen, die in der Moschee durch die Hand ihrer eigenen Brüder sterben aufgrund eines Bruderhasses, die Menschen in den auf den Meeren oder an unzugänglichen Küsten verirrten Flüchtlingsbooten, jeglicher entmutigte Bedürftige, der sich aufgrund seiner Herkunft, seiner Lebensumstände, seiner Religion oder seiner Kultur gezwungen sieht, auf den Straβen unserer Groβstädte zu leben, all dies sollte uns zur Anteilnahme bewegen und unser Leben als Menschen, die wir mit einem mächtigen Apparat von Sicherheiten leben, verwandeln. Er ist gegenwärtig, in ihnen, und zeigt uns den Weg.

Der dem Menschen zugewandte Gott, damit der Mensch zu Gott zurückkehrt, hat den Rückweg aufgezeigt, vom ersten Augenblick an,von seinen ersten Kindestränen an, von seinen ersten Entbehrungen und Unsicherheiten an: die compassio, die Anteilnahme. Weil er Gottessohn ist, kommt er, um uns die Anteilnahme zu schenken, die wir verdienen; weil er Menschensohn ist, weckt er in denselben Menschen die Anteilnahme, der Er als solcher verdient. Erforschen wir die Wege des Mitgefühls, der Anteilnahme, zu denen Er uns von der Krippe aus aufruft, und gehen wir ihnen nach. Im Gebet sowie durch offensive und gewagte Aktionen, beginnend mit Beziehungen in unserer unmittelbaren Nähe, bis hin zu sozialen und politischen Engagements, vom Kleinen bis hin zum Relevanten, von dem, was man nicht sieht, bis hin zum allerseits Offensichtlichen. Gehen wir dem Weg der Anteilnahme nach, erforschen und folgen wir den Spuren – konkret, radikal, verwandelt – die der hinterlassen wird, den wir jetzt als neugeborenes Kind betrachten. Er wird uns zum Menschen führen, dem von ihm so sehr geliebten Geschöpf, und zum Vater, der mit Barmherzigkeit über alle seine Kinder wacht.

Ein glückliches Fest der Geburt des Mitfühlenden und Barmherzigen!

In Verbundenheit mit allen Menschen, besonders denjenigen, die am meisten Anteilnahme, Zärtlichkeit und Barmherzigkeit brauchen.




[1] Hl. Maximus der Bekenner, Discurso ascético; PG 90, 912 (Übersetzung aus dem Spanischen)
[2] Geheimnisvoller Titel, seit jeher im Gedächtnis des Volkes Israels verankert. Wir haben diese Worte verstanden. Es ist Gott, der herabsteigt und einer von uns wird, ein Sohn der Menschen, trotz seiner Gottheit. Trotz seiner Gottheit? Nein, nur Er konnte so Groβes vollbringen. Gott und Mensch sein. Und gerade als Menschensohn wird er uns die erhabene und barmherzige Liebe des Vaters offenbaren.

martes, 23 de diciembre de 2014


Az Emberfia ugyanis azért jött, hogy megkeresse és megmentse, ami elveszett (Lc 19,10)

Gyengéd könyörület 1
1.     Az egyetlen, amit az ember érdemel. Ha valamit érdemel az ember, az szánalom. Nem kitüntetést, nem dícséretet, nem imádatot, hanem irgalmat. Nem alábecsülést, nem elhagyást, nem kínzást, hanem együttérzést. Az emberközelség, az emberi élettel való elköteleződés és részvét hozzásegít, hogy megértsük, felkaroljuk az embert, mert sorsunk sok szenvedésből és törésből áll. Amikor a rossz mély gyökeret vert bennünk és nehéz irgalmat gyakorolnuk, elég ha visszatekintünk a rossz hatalma alá került ember teljes élettörténetére, a jelentől a múltba haladva, hogy félre tudjuk tenni az undort, a gyűlöletet, a lebecsülést, a viszolygást, az ellenérzést (az igazságszolgáltatás végezze a dolgát, ha kell). Az ember mindig – mindig ember, sohasem szörnyeteg – könyörületet érdemel. Hányszor lett volna elég, ha időben kapott volna szeretetet, együttérzést, irgalmat, gyengédséget, hogy ne váljék vadállattá!
Az ember bélyege, amit annyiszor átelmélkedtünk, az árvaság, a magány, az üresség, a bizonytalanság, a nyomor, a végesség megindította az Isten szívét: “szívem megváltozott bensőmben és szánakozásom is felgerjedt” (Óz 11,8); olyannyira, hogy a szánalom felülkerekedett a büntetésen. Szeretete mindig könyörülethez és gyengédséghez vezet “Hát nem drága fiam nekem Efraim, vagy nem dédelgetett gyermekem, hogy ahányszor csak szólok hozzá, mindig újra tekintettel vagyok rá? Ezért indul ferl bensőm miatta; irgalommal irgalmazok neki.” (Jer 31,20; Iz 49,16; 54,7) Az ember megtapasztalta Isten irgalmát és hűségét, ezért folyamodik ahhoz a szeretethez, amely minden mezítelenséget és hiányosságot betakar és olyankor is megkönyörül, amikor jog vagy igazság szerint nincs jótálló. A szerencsétlenség okozta helyzetekben felfakadó könyörgés egyedül az irgalmas Istenhez fordulhat. “Ne taszítsd el nyomorúságunkat; hanem légy irgalmas hozzánk nagy kegyelmességedben; csak a Te végtelen irgalmad törli el bűneinket. Amikor tehát megjelenünk előtted dicsőségedben, távolról sem ítélet, hanem egyszülött Fiad védelme vár ránk és nem ítélsz majd el, mint haszontalan szolgát. Bizony, mindenható Urunk és Mesterünk, hallgasd meg könyörgésünket: nincs más Hozzád hasonló. Hozzád folyamodunk, mert te viszel végbe mindent mindenben és melletted biztonságban vagyunk.” (Hitvalló Szent Maximosz)

2.     A szánalom és irgalom arca. Az Isten az ember felé fordul, mert irgalmasan szereti kezének művét, mert “Yahve irgalmas (rahum), kegyes (hanum), hosszan tűrő és nagy könyörületességű (hesed), hűséges (emet), megtartja irgalmát (hesed) … (Kiv 34,6). Látja és meghallgatja az ember kiáltását, ismeri a lét szorongatását, a bűn csapását, a rossz ejtette halálos sebet. “Láttam népem nyomorúságát…, hallottam kiáltását… és ismerem szenvedését. Leszálltam tehát, hogy megszabadítsam…“ (Kiv 3,7-8) Isten szánakozó szívű és irgalmas, hűséges szerető elrendeléséhez, komolyan veszi az embert, olyannyira, hogy magára ölti, átöleli, Emberfiává lesz. Nem feledkezik meg a szegény sóhajáról, nem hagyja, hogy az elnyomott és szorongatást szenvedő reménysége csorbát szenvedjen (9. zsoltár). Jajkiáltásunkra együttérző jelenlétével válaszol, mondván: “Ime itt vagyok, íme itt vagyok.” (Iz 65,1) Könyörületből és gyengédségből odaadja magát az embernek, eggyé válik közülünk és magára veszi sorsunkat.
Isten szánakozó szíve legyőzte az éjszakát és a káoszt; gyengéd könyörülete megtörte a keménységet, a távolságot, a ridegséget, a merevséget. Gyengéd irgalmával és legyőzhetetllen könyörületével letiporja makacs közömbösségünket és távolságunkat. Az Emberfia az isteni irgalmasság Arca. Sokakat fogadott magához, az élet legkevésbé kedveltjeit, a betegeket, bűnösöket, magányosakat, azokat, akiket nem szeretnek, akik egy nap elvesztek a sötét fellegek között… A Fiú minden gesztusa együttérző, irgalmas, hűséges, gyengéd – különösen a gyengék iránt, akik védtelenek az éjszakában, a hazugság közepette, a rossz makacs tévútján. Irántunk való szánalma Úttá tette őt, amelyen visszatérhetünk a nagy irgalmú mennyei Atyához. A könyörület testet öltött, jellé, gesztussá vált Jézusban, arcot kapott; ő a visszaút. Ezért cask az ülhet a jobbjára a Bárány Menyegzőjén, aki  szereti és védelmezi a szegényt (Mt 25,31-46). Jézus, az “irgalmas főpap” (Zsid 2,17) a gyengéd könyörület és a szívből jövő irgalom arca.

3.     Szánalomra indít. Az Isten Fia és Emberfia (Dn 7,13-14; Jn 1,1; 14; 1Jn 4,2). Jézus Krisztus láthatóvá lett, de egyúttal rejtve maradt, jelentéktelen és érdektelen, mert lealacsonyodásával, megalázkodásával nyilatkoztatja ki számunkra a szívből jövő irgalmat. Ez a Megtestesülés apofantikus titka: a láthatatlan Isten megjelenik, de rejtve marad, megmutatja Isten mibenlétét és látható szegénységével el is fedi azt; a Megtestesült egy újszülött csecsemő kicsinysége mögé rejtezik. Meg kellett puhítani a kiaszott földet, s az újszülött kicsinysége, szomjas és könyörgő sírása, ártatlan könnyei és nevetése képes felszárítani a éjszaka derét és harmatát. Nem félemetes és rettenetes. Isten megkönyörül az emberen – ez megindít, ámulatba ejt bennünket, de ami valóban meghökkentő, ami igazán váratlan és új az ember számára az az, hogy szánakozhat Urán Istenén.  Isten azt akarja, hogy megszánjuk őt, hogy ugyanazt a gyengédséget érezzük iránta, amit az Atya érez irántunk; hogy vessük le büszkeségünket, vadságunkat ez előtt a csöppség előtt, aki szánalomra indít és megállít minden erőszakot. Isten szenvedni, kínlódni akart, hogy szánalmat ébresszen bennünk. A pásztorok, a bölcsek, a saját szülei…aztán egy napon a jobb lator, a római katonák, a barátai, Anyja, a tömeg (Iz 52,1-12)… Ellenkezés, ellentmondás nélkül elfogadja a szenvedést irántunk való könyörületből. Születése ezt a nyomot hagyta az időgben. Halála és feltámadása is.
Ő akarta, hogy így legyen. A Fiú elfogadta a Szentháromság ölén, az Atya vállalta (Jn 3,16; Fil 2,6-11). Isten nem átallotta ilyennek látni magát: megalázottnak, kicsinynek, magányosnak, sebzettnek – mint aki inkább szánalmat érdemel, semmint félelmet. Isten maga is át akarta élni ezt a tragikus önkívületet, valóban könyörületes Isten, Nagy irgalmú, szeretetre méltó.

4.     A könyörület útja. Az erő és átmenetiség kultúrájával átitatott világnak, melyben a határtalan vágyak között élő és önmagába forduló ember nem veszi figyelembe a másikat, ellentmond a kicsiny, apró, szükséget szenvedő, szánalomra méltó emberkölyökként eljövő Emberfia, a Könyörületes, aki magára veszi nyomorúságunkat. Ez a csecsemő, aki “kezét az áspiskígyó üregébe dugja” (Iz 11,8), a jászolból ugyanazokat a szavakat mondja, amiket a názáreti zsinagógában: “Az Úr Lelke van rajta: azért kent föl engem hogy örömhírt vigyek a szegényeknek, elküldött, hogy szabadulást hírdessek a foglyoknak és látást a vakoknak, hogy szabadon bocsássam a megtörteket és hirdessem az Úr kedves esztendejét.” (Lk 4,18). A gyengék erőssége mutatja meg számunkra a követendő utat. Mártírként lemészárolt testvéreink hozzák a Fényt ebbe a gyűlöletet és bosszút lihegő világba; azok a férfiak, nők és gyermekek, akik menekülést keresve kis batyujukkal egymás után lépik át Irak és Szíria határát; a mecsetben imádság közben hittestvéreik keze által, a káini gyűlölet áldozataivá lett halottak; a lélekvesztőkön tengerbe fúlt vagy elérhetetlen partoknál odaveszett csavargók; a fajuk, társadalmi helyzetük, vallásuk, kultúrájuk miatt nagyvárosaink utcáin tengődő elgyengült ember kellene, hogy szánalmat ébresszen bennünk és megváltoztassa az életünket nekünk, akik biztonságban élünk. Adja meg nekünk az Úr, hogy észrevegyük és szolgáljuk Őt, mert Ő ott van közöttük és utat mutat nekünk.
Isten, aki azért fordul az ember felé, hogy az ember visszatérjen Hozzá, kezdettől fogva, az első gyermeksírástól, az első szükségtől és bizonytalanságtól kezdve kijelölte a visszavezető utat: a szánalmat. Isten Fia, ezért elhozza nekünk a szánalmat, amit érdemlünk; Emberfia, ezért az emberekből szánalmat vált ki. Kutassuk és járjuk az együttérzés útjait, amelyekre a jászolból hív bennünket. Imádságtól a legharciasabb és legvakmerőbb tettig, legközelebbi kapcsolatainktól a társadalmi és politikai kötelékekig,  kicsitől a jelentősig, láthatatlantól a szembetűnőig. Járjuk az együttérzés – konkrét, radikális, átformáló – útjait; kutassuk és kövessük Annak nyomát, akit most kisdedként szemlélünk. Ő elvezet majd bennünket az emberhez, a szeretett teremtményhez és az Atyához, aki irgalmasan vigyáz minden gyermekére.

Áldott Karácsonyt, megszületett a Szánakozó szívű és Irgalmas!

Minden emberrel egységben, különönsen azokkal, akik legjobban rászorulnak az együttérzésre, a gyengédségre és a könyörületre

M. Prado és a Megtérés Közösség



Carta de Navidad - 2014


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EL HIJO DEL HOMBRE VINO A BUSCAR
LO QUE ESTABA PERDIDO  Lc 19, 10

La tierna compasión I 

1.- EL ÚNICO MÉRITO. Si algo se merece el hombre es compasión. Ni premios, ni alabanzas, ni adoración, sino misericordia. Ni desprecios ni abandonos ni torturas, sino compasión. La cercanía al hombre, la implicación y complicación con su vida nos lleva a entenderle, a comprenderle, a abrazarle, porque nuestra historia humana está hecha de muchos yerros y quebrantos. Cuando el mal ha echado raíces profundas y se nos hace difícil esta compasión, basta recorrer la historia completa, desde el presente hacia el pasado, del hombre sometido a la tiranía del mal para suspender el asco, la resistencia, el odio, el desprecio, la repulsión y la repugnancia (que la justicia haga su papel, si ha de hacerlo). Siempre será el hombre –hombre siempre, nunca un monstruo- digno de compasión. ¡Tantas veces habría bastado el amor a tiempo, la compasión, la misericordia y la ternura para que el hombre nunca llegara a ser una fiera!
La estampa humana, que tantas veces hemos meditado, su orfandad, su soledad, su oquedad, su infirmitas, su precariedad, su  finitud,  han conmovido las entrañas de Dios: “se revuelve su corazón dentro de él, sus entrañas se conmueven”(Os 11, 8ss) hasta prevalecer la misericordia sobre el castigo. Su amor siempre recurre a la compasión y a la ternura. “¿Es, pues, para mí Efraín un hijo tan querido, un niño tan mimado, para que, cuando tantas veces trato de amenazarle, me enternezca su memoria, se conmuevan mis entrañas y no pueda menos de desbordarse mi ternura?” (Jer 31, 20; Is 49, 14ss; 54, 7).
Porque el hombre ha conocido la misericordia de Dios y su fidelidad es capaz de implorar ese amor que cubre toda desnudez y carencia, que ofrece compasión cuando parece no haber derecho ni justicia que la avale. Esa plegaria urgida por las condiciones últimas que impone la desgracia solo puede elevarse a Dios, Padre de misericordia. “No rechaces nuestra condición miserable: al contrario, ten compasión de nosotros por tu gran misericordia; solo tu infinita misericordia borra nuestros pecados. Por eso, al presentarnos ante ti, en tu gloria, lejos de merecer la condena, obtendremos la protección de tu Hijo único, y no seremos condenados como malos servidores. Sí, Maestro y Señor todopoderoso, escucha nuestras súplicas: no conocemos otro como tú. Invocamos tu nombre, ya que tú eres el que obra todo en todos, y cerca de ti nos encontramos seguros”[1].

2.- EL ROSTRO DE LA COMPASIÓN Y LA MISERICORDIA. Dios está vuelto hacia el hombre porque ama con misericordia la obra de sus manos, pues, “Yahveh es un Dios de ternura (Rahum) y de gracia (Hanum), lento a la ira y abundante en misericordia (Hesed) y fidelidad (emet), manteniendo su misericordia (hesed)… (Éx 34, 6ss)”. Por eso Él ve y oye el clamor humano y conoce la angustia de la existencia, el golpe seco del pecado, la mortal herida del mal. “He visto la miseria de mi pueblo. He prestado oído a su clamor… conozco sus angustias. Estoy decidido a liberarlo” (Ex 3, 7ss) Dios es compasivo y misericordioso, fiel a su designio de amor, que toma en serio la vida del hombre hasta el punto de asumirla y abrazarla haciéndose Hijo de Hombre. No olvida el gemido del pobre ni dejará fracasar la esperanza del humilde y necesitado (Salmo 9). Él responde a nuestro grito con su presencia compasiva, diciendo “Aquí estoy, aquí estoy” (Is 65, 1) y rindiéndose al hombre por su compasión y su ternura hasta hacerse uno de los nuestros y correr nuestra misma suerte.
Dios ha vencido la noche y el caos a través de la compasión; ha roto la dureza, la distancia, la frialdad, la rigidez con la tierna compasión. Ha doblegado nuestra resistente indiferencia y distancia con la fiel y tierna misericordia, con la invencible compasión. El “Hijo de Hombre”[2] es el Rostro de la misericordia divina. Acogió a las multitudes, a los menos agraciados de la vida, a los enfermos, a los pecadores, a los que estaban solos, a los no amados, a los que se perdieron en un día de densos nubarrones… Todo gesto del Hijo es compasión, misericordia, fidelidad, ternura sobre todo hacia el débil y hacia el que no se ampara ni en la noche, ni en la mentira, ni en la tozuda torcedura del mal. Su compasión hacia nosotros le llevó a ser Camino de regreso hacia el Padre, rico en misericordia. Así, la compasión, hecha rostro, señal, gesto, carne en Jesús, es el camino de retorno. Por eso, solo el que ame al pobre y le sostenga será sentado a la derecha en el banquete de Bodas del Cordero (Mt 25, 31-46). Jesús, “Sumo Sacerdote misericordioso” (Heb 2, 17), es el Rostro de la tierna compasión, de la misericordia entrañable.

3.- PROVOCAR A COMPASIÓN. Hijo de Dios e Hijo de Hombre (Daniel 7, 13-14; Juan 1, 1, Juan 1, 14; 1 Juan 4, 2), Jesucristo, se hace visible y a la vez oscuro, sin relieve, sin importancia, porque nos revela la misericordia entrañable abajándose, condescendiendo. Este es el misterio apofático de la Encarnación: el Dios invisible se hace visible pero a la vez se oculta, nos muestra quién es Dios y lo vela en su misma manifestación de pobreza; se oculta, la Compasión misma, en la pequeñez de un niño recién nacido. Porque era necesario ablandar la tierra reseca y sin agua, y la ablandará la pequeñez de la criatura recién nacida, su llanto menesteroso y mendigo, sus lágrimas inocentes y su risa que seca repentinamente la escarcha y el rocío de la noche. Ni tremens ni fascinans. Dios se compadece del hombre y esto nos conmueve y asombra pero lo insospechado realmente, lo totalmente nuevo e inesperado para el hombre, es poder compadecerse él de su Dios y Señor. ¡Él quiso ser compadecido, que sintiésemos por Él la misma ternura que Él sentía como Padre por nosotros, que depusiésemos nuestros orgullos y fierezas ante esta pequeñez que provoca tanta ternura, que paraliza toda violencia! Dios ha querido sufrir, padecer, y ser compadecido. Por unos pastores, por unos sabios, por sus propios padres… como un día lo será por un ladrón, por centuriones romanos, por sus propios amigos, por su Madre, por toda una muchedumbre (Is 52, 1-12)… Sin resistencias, sin rebeldías, asumiendo el sufrimiento por compasión hacia nosotros. Su Natividad dejó esta huella en el tiempo. Su muerte y resurrección también.
Así ha querido Él que sea. Así lo aceptó el hijo en el seno trinitario, así lo asumió el Padre ( Jn 3, 16; Flp 2, 6-11). Un Dios que no desdeña verse así, de tal modo despreciado, pequeño, solo, herido, que invita a la compasión más que al temor, un Dios que ha querido pasar por este trance dramático, es en sí mismo un Dios verdaderamente compasivo, transido de misericordia y digno de ser amado.


4.- EL CAMINO DE LA COMPASIÓN. Este mundo retenido en la cultura de la fuerza y del descarte[3], en los deseos sin límites, que no tiene en cuenta al otro porque está curvado sobre sí mismo, ha sido contradicho por este Hijo de Hombre, pequeño y menudo, necesitado y paciente, cachorro humano que suscita nuestra compasión, siendo Él mismo el Compasivo, al acercarse y asumir nuestra indigencia. Este pequeño, que “meterá la mano en la hura del áspid” (Is 11, 8), desde el pesebre nos vuelve a decir las palabras que proclamó en la sinagoga de Nazaret: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4, 18). Tal vez la fuerza de los débiles es la señal que nos muestra la ruta a seguir. Son nuestros hermanos masacrados como mártires los que traen la Luz a este mundo repleto de odios y venganzas, es la fila de hombres, mujeres y niños, con pocos enseres cruzando la frontera entre Irak y Siria buscando refugio, es la muerte de los que orando en la mezquita mueren a manos de sus mismos hermanos a causa de un odio cainita, son los vagabundos de las pateras perdidas en el mar o frente a costas inaccesibles, es cualquier débil abatido en las calles de nuestras grandes ciudades por su raza, su condición social, su religión, su cultura, lo que debería movernos a compasión y transformar nuestra vida de hombres con seguros potentes. Que nos sea concedido el don de verle y servirle porque Él está ahí, en ellos, mostrándonos el camino.
El Dios vuelto hacia el hombre para que el hombre vuelva a Dios ha trazado el camino de retorno, desde el primer instante, desde los primeros llantos infantiles, desde las primeras penurias y precariedades: la compasión. Porque es Hijo de Dios viene a darnos la compasión que merecemos; porque es Hijo de Hombre, de los mismos hombres suscita la compasión que Él se merece como tal. Escudriñemos los caminos de compasión a los que Él, desde el pesebre, nos llama y surquémoslos. Desde la oración a la acción más combativa y arriesgada, desde nuestras relaciones más cercanas a los compromisos sociales y políticos, desde lo pequeño a lo relevante, desde lo que no se ve hasta lo más evidente. Surcaremos el camino de la compasión escrutando y siguiendo las huellas –concretas, radicales, transfiguradoras- que irá dejando el que ahora vemos como un Niño recién nacido. Él nos guiará hasta el hombre, criatura por Él tan amada, y hasta el Padre que vela con misericordia por todos sus hijos.

¡Feliz Natividad del Compasivo y Misericordioso!

Unidas a toda persona humana, especialmente a aquellas que necesiten más compasión, ternura y misericordia.



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Podéis seguir informados a través de nuestro blog:



[1] San Máximo el Confesor Discurso ascético; PG 90, 912
[2] Misterioso título, arcano en la memoria del pueblo de Israel. Nosotros hemos comprendido esas palabras. Es el Dios que desciende y se hace uno de los nuestros, un hijo de hombre, a pesar de su condición divina ¿a pesar de su condición divina? No, solo Él podía hacer tanto. Ser Dios y ser hombre. Será como Hijo de Hombre como nos revele el amor excelso y misericordioso del Padre
[3] Papa Francisco, Audiencia del 26 de Nov.  de 2014, Ciudad el Vaticano, Roma.

miércoles, 30 de abril de 2014

Carta de Comunión Pascua 2014

MIRAD A MI SIERVO (Is 42, 1)
CARTA DE COMUNIÓN PASCUA 2014
La salvación de un descenso

ABORRECEMOS LAS SERVIDUMBRES, EL ABAJAMIENTO, LA ESCLAVITUD
Fue la rebeldía primera, la de ángeles y hombres. “No serviré” (Jer. 2, 20). Nos defendemos de la tutela de otro, de las paternidades, los sometimientos, sobre todo, de la falta de autonomía que acontece cuando no puedo gestionarme yo misma la vida sin tener que acudir a otros. No sabemos lo que es la esclavitud ni la servidumbre humillante pero experimentamos un rechazo visceral, cultural, absoluto. Lo más triste y realmente grave es que, queriendo huir de la servidumbre, caemos en otras más ocultas y nada desdeñables, destructivas e hirientes.

Hay lejanías que se miden no a lo largo o a lo ancho sino hacia el fondo. Es nuestro hundimiento, esa dimensión de máxima humildad, de intenso contacto no solo ya con la tierra sino con lo “subterráneo”, lo ínfimo, lo escondido por “enterrado”, lo que más nos asusta de nosotros mismos. Descender es más sobrecogedor que buscar siguiendo la línea del horizonte porque es adentrarse en la muerte, en el reino del sueño eterno, con el miedo de ser “enterrado” en vida. Estas caídas hacia “abajo” son auténticos países lejanos que todos de alguna manera los hemos transitado, algunos de nosotros no podemos salir de ellos, hundidos y atrapados en nuestras mezquindades y bajezas. “Abajo” es sinónimo y paradigma de muerte, de sepulcro, de enterramiento. Y Él bajó. “Cuando nosotros estábamos perdidos y éramos incapaces de volver a ti, nos amaste hasta el extremo”[1].  

EL ABAJAMIENTO. LA OMNIPOTENCIA HUMILDE
[2]

El abajamiento de Dios hacia el hombre quizás haya sido el gesto de mayor condescendencia que hubiéramos podido imaginar en Dios. Su descendencia, su abajamiento, su empequeñecimiento, su anonadamiento, su “invisibilidad”(Ex 3, 4; Col 1, 13; Jn 1, 18), es lo más sorprendente. La Encarnación es el acontecimiento más rompedor. Dios mismo se vació en el Hijo de su divina omnipotencia. De ahí brotan todos los motivos de asombro, de contemplación, de pasmo, de incomprensión, de sorpresa, de admiración, de atracción… que el hombre pueda tener ante su Dios y Señor[3]
Desde la Encarnación todo es impensable para el hombre: su nacimiento, su niñez, su infancia, su adolescencia desconocida, su itinerancia, su amor al desvalido, su ternura y misericordia, su amor al Padre, su sometimiento a la voluntad del hombre sobre Él, su sometimiento a la voluntad de Otro, de su Padre, su filiación…
¿Era preciso que viniera?[4] 
¿Qué se abajara tanto? Pero, si no hubiera descendido a nuestras bajuras ¿nos hubiera podido recoger? La esperanza en Él se funda en este abrazo al hombre y en el haber querido asumir su pequeñez, pobreza, humildad y bajeza. Lo totalmente inesperado es que haya bajado y desde abajo nos haya querido atraer. Ha descendido a nuestra sima más profunda, no nos ha hablado desde arriba, desde el brocal, desde la altura, dando voces, instrucciones, avisos… desde lejos, sino que ha descendido para atraernos a Él. Este gesto excesivo e inesperado es sobre el que es posible fundar nuestra fe, nuestro amor y nuestra esperanza.
Su Kénosis abrazó la nuestra, la que nadie estábamos dispuestos a asumir, de la que huimos y a la que aborrecemos. Él nos abrazó en lo más bajo de nuestra condición. Fue uno más de los de abajo. Y ese abajamiento nos derrumbó, nos atrajo, nos alzó… del polvo, de la basura, donde nos hallábamos (salmo 112). Su amor al Padre y a nosotros le llevó a estos lugares, por eso “Amor ipse est notitia!”. En realidad toda la fe depositada en el Dios trinitario tiene que ver con su continua autodonación, su salida de sí, su despojamiento, en favor del hombre[5].

MIRAD A MI SIERVO. Los hombres que estaban enemistados con Dios porque le sentían ajeno (como Israel en el exilio) son de nuevo atraídos por el Siervo, es el que anudará una nueva alianza muriendo por todos, dando la vida por el pueblo perdido en el exilio. El es el término de la consolación, del abrazo de Dios con el hombre abyecto y perdido. ¡Dios está aquí!¡Está presente en esta imagen horrorosa por la que el hombre se tapa el rostro! Dios, el invisible, se muestra y sigue siendo el fascinans y el tremens! La deformación de este siervo asume la deformación humana, sin apariencia, sin aspecto atrayente, sin embargo es el que posibilita que el hombre recobre la imagen y la semejanza perdida. Al fin, el Siervo es el que de nuevo nos hace hijos. Hemos pasado de la muerte a la vida porque hemos sido amados; de la servidumbre a la libertad porque Cristo se hizo siervo y nos rescató, resucitando. ¡Este es el que nos salvó! (Fil 2, 6-8)

LA VICTORIA DE UN DESCENSO. Víctima de reconciliación Si en un primer momento nos horroriza todo lo que tiene que ver con la esclavitud y con la servidumbre ahora, mirándole a Él no podemos hacer otra cosa sino caer en el asombro, el estupor, la fascinación, la gratitud y la atracción.

Nos rinde un amor capaz de dar la vida por nosotros. Ese amor abate toda resistencia. Ese amor hecho pobre, humilde, siervo, acaba atrayéndonos a su causa que, paradójicamente, somos nosotros mismos. Un amor que se propone a aquellos que ni siquiera lo buscan (Is 65, 1b-3a)

El quicio y eje de nuestra vuelta a Dios ha pasado por un amor así, que se ha abajado hasta el extremo. Ha atraído nuestras miradas este Siervo que ha asumido nuestras servidumbres para liberarnos y ofrecernos la dignidad perdida, ser hijos (1Cor 4, 9-10). Él ha sido el inexistente para que nosotros seamos. El que al manifestarse al hombre le dijo: “Estoy aquí, soy aquel que hace ser” (Ex 3, 14), hoy lo repite lleno de oprobios, a fin de que nosotros seamos, no ya desde la omnipotencia creadora sino desde la impotencia salvadora. El amor ha vencido al pecado y a la muerte, a la servidumbre y a la esclavitud y el que por nosotros fue siervo y víctima está “coronado de gloria y honor” (Hbr 2, 9). Victor quia víctima[6]. ¡Este es el que nos salvó, el que venció a toda servidumbre del mal haciéndose víctima de reconciliación! Reconciliación con Dios y con los hombres por la vía de la pobreza y la humildad, nunca desde el papel de verdugos. Lo verdaderamente arriesgado para Dios y costoso para el hombre es que el dardo y la llama de su abajamiento nos atraviese el corazón, lo hiera y lo abrase en su Luz.

LA ALEGRÍA PERFECTA. De aquí brota la alegría perfecta. “Dichosos vosotros si hacéis esto”… “Bienaventurados los pobres, humildes, los que sufren, los…”, “Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer…” La Pascua es su paso al que los nuestros acompasan. Con Él seremos pobre y siervos, víctimas y solo con Él venceremos todas las esclavitudes y todas las servidumbres que nos atenazan. Siguiendo sus pasos, uno a uno. Haciendo que el camino de descenso sea el mismo que el de exaltación[7]
. Solo así podremos experimentar la compasión hacia el que sufre y ofrecer la vida por la reconciliación, el perdón y la paz. La alegría perfecta vendrá por el camino que Él transitó por nosotros, cuando nos abajemos para lavar los pies del otro, seamos pobres y humildes, perseguidos por el poder del mal y víctimas en lugar de verdugos en toda relación humana capaz de poner al otro antes que a mí, mediadores en tantos conflictos con el fin de alcanzar la verdad, la justicia y la paz deseadas, derrocando servidumbres de pecado pasando por un siervo de todos… Por la vía del descenso, del abajamiento, de la parte del pobre, del desvalido, del humilde, con Él para que Él y por Él subamos al Padre. ¡Aleluya!¡Jesús el Siervo nos alza consigo en su resurrección y en su subida al Padre!¡Aleluya!

Feliz Pascua del Siervo, Feliz Pascua de Resurrección.

M. Prado
Monasterio de la Conversión



[1] Plegaria Eucarística sobre la Reconciliación I
[2] San Agustín, Sermón 14, 9.
[3] San Máximo el Confesor, Carta 11, PG 91, 454-455
[4] En realidad, era la gran promesa de Dios pero también la gran esperanza del hombre que no cesa de esperar a un salvador que le rescate en el momento último con una salvación definitiva, antes de que le llegue la muerte. El proceso de Kafka o Esperando a Godot, de Becket…, en la literatura más existencial o la que expresa la desesperación nihilista al rechazar la salvación necesitada; pero, ¿no es esa la más legítima pretensión humana también en el plano social y político, económico y humano? Todo hombre espera ser salvado, liberado, amado.
[5] Recuerdo la escena de una película sobre Francisco: un leproso andaba pidiendo comida mientras tocaba una campanita para que no se acercaran sino que se la arrojasen y pudiera recogerla sin contagiar. Recuerdo la cara del leproso cuando ve que Francisco no atiende a la campanita sino que desciende del caballo, se le acerca y le besa con ternura en los labios. Eso es lo inesperado. El beso –el exceso- al leproso.
[6] San Agustín, Confesiones, X, 43. 3
[7] San Agustín, Sermón 279, 7: “Marcha por el camino para que te lleve a la patria. El permanece allí adonde nos dirigimos, vino por donde regresamos; pero vino sin alejarse de allí y subió al cielo sin abandonarnos a nosotros”; San Andrés de Creta, Sermón 9, PG 97, 990-994.